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COSTA RICA -
relato de viaje
día 1
Primer tramo, Madrid-Caracas con
Santa Bárbara Airlines, una compañía venezolana. Buenas
referencias. El avión no va lleno y ¡oh milagro! el asiento de
mi lado (sólo son dos en cada fila) va vacío.
Llegada al tránsito de Caracas
sin novedad. Primer y familiar encuentro sensorial con el
trópico: calor, humedad y ese aroma inconfundible, denso y
ácido, de la vegetación y el agua que te hace tomar conciencia
de que estás en otra de tus casas en este planeta. Parece que la
naturaleza contacta contigo, con tus sentidos, de forma física,
táctil. Pequeña espera, y el último tramo: vuelo a San José.
Ver mapa más grande
Llego a San José a la
caída de la tarde. Lluvia, nubes de tormenta y temperatura muy
agradable. Estamos en la estación de lluvias, que hace honor a
su nombre. Sin muchas peleas y en un taxi oficial llego al
albergue que será mi cuartel general durante mi estancia en este
país: el Costa Rica Backpackers. Por los ocho dólares que
cuesta la habitación compartida, está muy bien: café y té
gratis, Internet gratis, piscina, salas, cocina, servicio de
lavandería y ambiente mochilero. Hay poca gente. Es temporada
baja, lo cual creo que es una ventaja en un país ya muy
turístico como es Costa Rica.
Muy tempranito, a las nueve de la
noche, me voy a dormir. No hay que olvidar que para mi cuerpo
son ya las cinco de la madrugada del día siguiente.
día 2
Salgo a desayunar y primer
encuentro con la gastronomía tipica: contundente desayuno a base
del plato nacional, el gallopinto, o sea, arroz con
frijolitos negros, y chicharrones. Precio razonable: dos euros y
medio.
La mañana la dedico a algunas
compras y gestiones, a cambiar dinero y a pasear por San José.
Cambio euros a colones en el Banco Nacional de Costa Rica.
También se puede hacer esta operación en las casas de cambio
pero no, sorprendentemente, en el resto de los bancos. Atraco a
mano armada como siempre que se topa uno con la banca en
cualquier parte del mundo: 10% de comisión. Menos mal que
descubro que las casas de cambio realizan esa operación con unos
costes más razonables.
En Barajas consulté en Internet
para ver si habían localizado a algún guía para hacer la
travesía a pie de la Cordillera de Talamanca. Se trata de
recorrer a pie, durante unos ocho o diez días, y a través de una
montañosa zona de bosque tropical húmedo, el camino que usaban
antiguamente los indígenas para pasar de la vertiente atlántica
a la pacífica o viceversa. Es quizá el principal objetivo que me
he marcado en este viaje. Aquí sigue sin arreglarse o cerrarse
el asunto de los guías para la travesía transcontinental.
Callejeo por el centro de San
José: el Teatro Nacional, la Catedral, las zonas
peatonales llenas de comercios... Pocos turistas. Es una ciudad
pequeña, o mejor dicho, asequible, que descansa sobre una verde
meseta rodeada de montañas, y agradable para callejear. No tiene
grandes monumentos ni hitos urbanos, pero es una buena base para
recorrer el país. Tiene de todo, es agradable, está en el centro
de Costa Rica y es el centro neurálgico de comunicaciones.
Entro en la catedral en la que
asisto a la celebración de la eucaristía, y en alguna otra
iglesia. Contraste absoluto con España. Es un día laborable por
la mañana, y las iglesias están llenas de gente que entra un
rato a orar y se va. Veo gestos que rozan el fanatismo, pero
creo que debo de respetar una religiosidad que es profunda, y
que parece compatible con una sociedad democrática y
relativamente liberal como es ésta.
Bien es verdad que las plazas
públicas están llenas de charlatanes que golpean sin
misericordia a los ciudadanos con sus soflamas religiosas que
anuncian grandes catástrofes, y para las que todo está mal y
parece que irá a peor. De todas formas, no parece que la gente
les haga mucho caso.
Como corresponde a la estación en
que estamos, la mañana es muy agradable. Hay nubes, pero todavía
no llueve. Puedo cumplir tranquilo un rito que nunca falta en
mis viajes: sentarme en una plaza a leer el periódico (hoy ha
sido así) o algún libro, y ver pasar los retazos de vida delante
de ti. Estoy en la plaza del Teatro Nacional: bullicio, gente de
todas clases que se sienta un momento a hacer un alto en sus
trajines, mientras que un organillo tocado por un par de abuelos
pone un fondo de música de la tierra. Todo apacible hasta que
aparece el vocero de turno anunciando el fin del mundo por
capítulos, que precede a relatarnos uno a uno y a voces,
Como un poco de ensalada y fruta
y, cuando empieza la tarde, hago una visita detallada al
Museo Nacional. Está situado en un antiguo cuartel militar,
y bien podría ser un símbolo de lo que tanta gente soñamos: que
el lugar de las armas, del ejército, del símbolo del miedo y de
la falta de concordia entre las personas, pase a albergar la
cultura, la historia, el discurrir de un pueblo. A Costa Rica
tenemos que agradecerle que haya dado un paso que en muchos
otros lugares parece que es completamente irrealizable: desde la
Constitución de los años cuarenta del siglo pasado, este país no
tiene ejército, y, curiosamente, en todo este tiempo ha sido el
país más estable, más desarrollado y con mayor nivel cultural de
toda Centroamérica.
Por cierto, el Museo Nacional, su
contenido, me ha impresionado muy gratamente. Repaso exhaustivo
a la historia de Costa Rica a través de sus expresiones
culturales. Espectaculares los metates de panel colgante,
especie de esculturas que cuelgan desde una base plana,
hechas en piedra volcánica con motivos variados y casi
abstractos. Parece que están relacionados con la religiosidad y
el culto a los muertos y proceden de los primeros quinientos
años después de Cristo.
Me impresiona también en el Museo
una sala muy sencilla con esculturas que son fotografías a
tamaño natural de las diversas razas y orígenes de las personas
que forman Costa Rica, y que se resume en una palabra:
mestizaje. No mera coexistencia cultural, si no mezcla,
convivencia que ha dado lugar a una nueva identidad, en que, se
aprecia en las calles, las multiplicidades étnica y cultural son
una realidad que no impide esa convivencia. Desde luego que ha
habido y sigue habiendo tensiones, pero creo que también en eso
este país ha avanzado mucho y nos puede enseñar a los que
estamos acostumbrados a vivir en sociedades más puras.
Termino la visita con otra
pequeña joya, esta vez natural: la instalación temporal de un
jardín de mariposas de las especies que son más propias del
valle en el que se asienta San José.
Cae ya la tarde, y, no mucho,
pero vuelve a llover. Termino la jornada en el albergue, y me
acuesto temprano.
día 3
Me levanto temprano, a las seis
de la mañana. En las zonas tropicales el sol sale rápidamente en
torno a esa hora, y se pone igual de deprisa en torno a las seis
de la tarde. Amanece como ayer: apacible, con nubes y con una
temperatura de unos veinte grados.
Salgo a desayunar algo, empezando
por tomar un jugo de pipa (parecida al coco) que compro en un
puesto callejero. Después me siento a desayunar en una calle
peatonal que está en una zona de edificios oficiales, cerca del
albergue: instalaciones del Poder Judicial y sede de la
Universidad a Distancia entre otras. El desayuno es contundente,
a base de un plato combinado con gallopinto, plátano frito y
huevos revueltos. Además, tostadas y natilla, una salsa de leche
salada que se usa para untar en el pan y en el gallopinto. Todo
por un euro y treinta céntimos.
Tras esto, me dirijo a la
estación de guaguas Caribe para tomar el bus a mi
siguiente destino: Puerto Viejo de Talamanca, en el sur
de la provincia de Limón y del país, en la costa caribeña y ya
muy cerca de la frontera con Panamá. Se supone que emplearemos
entre cuatro y cinco horas de viaje, cruzando la Cordillera
dorsal que recorre el país de noroeste a sureste, para
descender a la gran planicie central que mira al Mar Caribe.
Estación de autobuses del Caribe: limpia, con todos los
servicios y cómoda. Las guaguas en la misma tónica: se viaja
con reserva de asiento y con comodidad.
Salimos en punto y, enseguida,
dejamos atrás San José para introducirnos de golpe en el color
de Costa Rica: el verde. Salimos hacia Guápiles, al
nordeste, para luego girar al sureste hacia Puerto Limón,
donde alcanzaremos la costa. Seguimos la carretera 32,
asfaltada, bien señalizada y en buen estado. Limón está a unos
150 kilómetros de San José. Estamos en la meseta entre campos
de cultivo y camino de cruzar la Cordillera Central.
Multitud de grandes camiones
cargados de enormes troncos. La deforestación también es un
problema en este país. Entramos en el Parque Nacional
Braulio Carrillo y cruzamos la divisoria continental a
unos 2.000 metros de altitud. Valles y montañas de perfiles
más bien suaves. El bosque nuboso lo cubre todo. Pasamos a la
vertiente caribeña, y, enseguida, vamos dejando atrás la
cordillera. Vuelven a aparecer campos de cultivo y prados para
la ganadería. Hay vacas y también caballos, muy abundantes en
Costa rica. El cuerpo nota que hemos bajado: más humedad, más
calor, atmósfera más densa, es el trópico.
Antes de llegar a Puerto Limón,
comenzamos a pasar entre grandes haciendas bananeras. Nos
cruzamos también con muchos camiones de la compañía
Chiquita, la antigua United Fruit Company, que
sigue controlando gran parte de la distribución del banano
que, junto con el café, es la base de la agricultura tica.
A medida que nos acercamos a Limón empiezan a aparecer las
preciosas palmeras cocoteras. Recorremos los últimos cincuenta
kilómetros hasta Puerto Viejo ya por la costa. Playas de arena
negra, palmeras cocoteras hasta la orilla y pequeños hoteles
jalonando el recorrido.
Llegamos a Puerto Viejo.
A primera vista cliché caribeño: marco muy bello, junto a un
entrante en el mar, no muy frecuente en esta costa casi
rectilínea. Cabañas junto al mar y lugares donde escuchar y
bailar música reggae en la playa. No obstante no me enamora.
Es un pueblo turístico. Quizá uno sueña en paraísos perdidos
que son difíciles de encontrar si siempre se va a los lugares
que están indicados en las guías, aunque sean menos
convencionales. Más extranjeros que ticos, surferos, hippies y
fauna de ese estilo es lo que abunda, y nunca he sido muy afín
a ese personal. De todas formas, el lugar es bello y además, a
pesar de ser por la tarde y aunque todo está lleno de nubes,
no llueve.
Esperando, paso feliz y
tranquilo la tarde en la playa tomando una copa de un
espléndido ron nicaragüense llamado Flor de Caña.
Bueno, lo de la tarde feliz y tranquila es un decir: cuando
pido la cuenta veo que, habiendo bebido dos me cobran cuatro.
Lo dicho, los lugares turísticos son cada vez más odiosos.
Timar al viajero es parte de lo habitual. De todas formas han
pinchado hueso. Exijo la hoja de reclamaciones que
naturalmente no me quieren dar. Amenazo con ir de inmediato a
la policía a denunciar, y oh milagro, se me devuelve en el
acto el dinero.
Por otra parte, siguen sin
conectar con el guía que me tiene que llevar al otro lado. Mi
primer encuentro con los encargados del contacto, Atec
(Asociación Talamanquesa de Ecoturismo y Conservación),
tampoco es muy entusiasmante. Al final del día se ha
concretado el pateo a través de la divisoria continental.
Llegar a este último acto ha sido posible gracias a las
múltiples comunicaciones vía Internet, en España y aquí.
Me acuesto temprano. Este
pueblo no parece precisamente un dechado de vida nocturna.
Bueno, a lo mejor cuando empieza la marcha yo ya estoy
sobando.
día 4
He ido con una bici alquilada
desde Puerto Viejo hasta un pueblito pequeño llamado
Manzanillo, a unos 14 kilómetros de distancia.
Prácticamente en su totalidad el recorrido está comprendido en
la Reserva Nacional de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo,
que ocupa el extremo sureste de la vertiente Caribe, hasta el
río Sixaola que hace frontera con Panamá. Los ecosistemas
terrestres mejor representados en el Refugio son humedales y
bosques aledaños, con una enorme riqueza biológica. Riqueza
que se incrementa con los ambientes marino-costeros: arrecifes
de coral, playas de arena, manglares...
Verdaderamente las playas son
espectaculares: arena clara, no muy anchas, con el bosque
tropical hasta la misma orilla. Solitarias en extremo. En fin,
una delicia. Aprovecho para tomar un baño, el primero de este
viaje en el Caribe. Hay zonas de la Reserva en que se permite
la edificación: pequeñas casas unifamiliares en medio del
bosque, muchas de ellas convertidas en hoteles y casa para
alquilar. Hay otras en que el bosque se mantiene intacto desde
la misma orilla, sólo violado por la pequeña carretera
asfaltada que llega hasta Manzanillo. Tengo ocasión de ver y
sobre todo oír a los congos o monos aulladores. Como su
nombre indica, pegan unos berridos bastante notables y no
especialmente agradables, pero siempre es una alegría y un
espectáculo gratificante ver a los animales en libertad.
Vuelvo por el mismo camino a primera hora de la tarde. No veo
muchos más animales, en la selva no es fácil verlos.
Ceno en un restaurante de la
avenida principal en el que soy el único comensal. Estamos en
temporada baja y, como en todas las zonas turísticas, la
competencia es quizá excesiva. Por cierto, que mientras ceno
me veo envuelto en una desagradable nube: una persona está
fumigando con gases todas las calles. Es para prevenir el
dengue. Se trata de otra enfermedad tropical causada por un
mosquito y que no tiene vacuna. Puede ser grave y a veces
mortal. Me recuerda que, aunque sea molesto y uno tienda a
bajar la guardia, no hay que descuidar las precauciones, como
la loción antimosquitos, el ventilador en la habitación, no
andar por la calle semidesnudo en la noche, a pesar de que el
clima lo permite y muchos lugareños lo hacen. n detalle
curioso es que en este pueblo de Puerto Viejo mucha gente
camina descalza, lo que me permite disfrutar de dos o tres
días sin ponerme calzado en ningún momento.
Hablando del clima: hoy es el
primer día en que no ha llovido nada. Cielo más bien nublado,
algo, poco de brisa y calor, pero soportable. Físicamente he
llevado muy bien el pedaleo.
Me voy a dormir en un hotel
pequeño, frente al mar, el Maritza, que funciona como
albergue juvenil (youth hostel), con una balconada
hacia el mar. Las instalaciones son muy básicas, y la
habitación espartana: cama, una estantería y un ventilador y
ventana con mosquitera que da a la calle. Servicios fuera de
la habitación. Ducha más básica todavía con agua fría, por
supuesto. Limpieza relativa. Claro que por siete euros que me
cuesta, tampoco es fácil pedir mucho más.
día 5
Me levanto temprano. Hoy voy a
estar todo el día en Puerto Viejo con actividad mínima. Tras
un desayuno tranquilo en una soda (casa de comidas)
frente al mar, dedico un par de horitas a la lectura. De nuevo
a la casa de cambio para ir con colones suficientes a la
travesía. En definitiva, tranquilidad. Aquí parece que la
estación de lluvias no se lo está tomando demasiado en serio.
Amanece casi despejado y el día apunta más caluroso que ayer.
Bueno, pues no. En torno a las dos de la tarde tormenta y
lluvia fuerte.
El resto de la mañana lo empleo
en Atec, cerrando los últimos detalles de la excursión
de mañana y consultando el correo electrónico. Comida en la
soda de la mañana: pescado fresco y un batido de leche y
piña. Todo sencillo. Todo un lujo. Ya en la tarde, duermo una
siestita arrullado por el ruido de la lluvia al caer. Me quedo
en la galería del hotel disfrutando de esa lluvia y leyendo
otro rato.
A las dos horas, como casi
siempre por aquí, cesa la lluvia. Son las cuatro de la tarde y
aprovecho para dar un paseo por la playa. De frente y a mi
derecha el mar, a la izquierda la Península de Cahuita,
una punta verde que se interna en el Atlántico. No hace calor,
suave brisa, nubes grises de color plomo, del mismo que el
mar. El verde del monte suave, pálido y oscuro por la poca
luz. Jirones de nubes entre el verde que allí son niebla.
Nadie en la playa.
día 6
Al fin llega el día de ponerse
en marcha y, tras desayunar, a la parada de guaguas a esperar
el primer bus que debo de tomar hoy para llegar al punto de
encuentro con Zenón y Agapito, los guías. Hace el trayecto de
media hora entre Puerto Viejo de Talamanca y Bri-Bri.
El primer tramo me lleva hasta
Bri Bri, un pequeño pueblo con aires de frontera, y que
efectivamente está junto al río Sixaola que marca la
linde con Panamá. Recorrido corto, pero bellísimo: vegetación
exuberante, alguna plantación de plátanos, y zona ya
montañosa. Valles y montañas forman un decorado espléndido. A
partir de aquí el ambiente cambia bastante. Voy a entrar en la
Costa Rica profunda, en un sitio en el que oh milagro, no hay
turistas. Tras una hora de espera, tomo un segundo bus con
dirección a otro pueblo que se llama Suretka, a unos 25
kilómetros. En el autobús soy yo el único extranjero, y hay
viajeros que al entrar te dan los buenos días y la mano. Es
verdad que los sitios en que la vida es más dura, hacen que la
gente se ayude más y sea más solidaria.
Nada más arrancar termina el
asfalto, y la pista, en no muy mal estado, se adentra en el
purito bosque tropical. De vez en cuando casas construidas en
madera y tejados en general de lata, elevadas como palafitos
para tener lugar para el ganado, y evitar visitas molestas de
culebras y demás vecinos de la zona. Son viviendas sencillas,
pero no hay sensación de miseria. El bus nos deja en las
orillas del río Teliré. Hay que cruzarlo en una pequeña
canoa, y en el otro lado caminar unos quinientos metros hasta
una caseta donde tomaremos la última guagua del día hasta
Amubri. Hay suerte y un camión nos para y nos deposita en
media hora en mi destino motorizado final de hoy.
Desde que salimos de Bri Bri he
entrado en la Reserva Indígena Bri Bri de Talamanca.
Después, iniciaremos el pateo en la Reserva Indígena
Cabecar de Talamanca. Los bri bri y los cabecar
son de las pocas comunidades indígenas que perviven en Costa
Rica. Me encuentro en el sistema de espacios naturales y
antropológicos protegidos más grande de Costa Rica, que
continúa al otro lado de la frontera, en Panamá, formando el
Parque Internacional de la Amistad. Zona de bosque
tropical lluvioso muy bien conservada, y con nulo desarrollo
turístico.
Nada más bajar del camión un
señor con un machete me conduce a la casa que se encuentra
primero: la de Agapito. El machete es parte de la indumentaria
de los hombres en las zonas rurales, y tiene una gran
importancia tanto para circular por los senderos como para
limpiar los campos. Llego a la casa y están la mujer y sus
hijos, supongo, niño y adolescentes respectivamente. Me dicen
que si hemos quedado, pues que les espere en la casa que ya
vendrán. Se trata, como muchas de las de por aquí, de una casa
de madera con una especie de porche donde está la televisión,
una banqueta y un par de hamacas colgadas e las vigas.
Bueno, por fin aparece el tal
Zenón. De entrada, el señor Zenón no me cae especialmente
bien, y me da que el sentimiento es recíproco. Muy seco y con
muy pocas explicaciones. Lo normal es que me contara un poco
el plan que vamos a llevar, pero se lo tengo que sacar con
sacatapas. Lo primero que hago, naturalmente, es pagar, y
después distribuimos las cosas en tres lotes para las mochilas
de las personas que vamos. Zenón viene, pero Agapito, que es
su hermano, no. En su lugar viene el yerno de Zenón, cuyo
nombre es Jesús. Hacemos la compra que en principio es para
seis días, si bien en el contrato estaba estipulado que el
pateo duraría entre siete y diez. Confié en el buen hacer de
Zenón, y eso fue un craso error en dos sentidos: primero
supuse que si él decía que en seis días se podía hacer es que
no había problema. Y luego, anduve corto de reflejos porque la
compra, para ahorrar peso, era muy escasa y poco variada para
marchas de larga duración, lo cual podía a la larga pasar
factura.
Esa misma tarde hacemos una
etapa prólogo de hora y media desde el pueblo en que
estamos hasta el que constituía el teórico punto de partida.
Zenón desaparece a caballo y yo continúo con Jesús y con un
sobrino de Zenón que se nos une. Aquí empiezan las
dificultades. Es época de lluvias y los ríos bajan crecidos.
Bueno, pues tenemos que atravesar por lo menos cinco, con el
agua hasta más arriba de la cintura, la mochila y corriente
fuerte. Lecho lleno de piedras, pies descalzos y botas al
cuello. Ellos llevan botas de goma sin calcetines, como casi
todo el mundo por aquí, que están perfectamente adaptadas, por
ejemplo, al cruce a pie de ríos.
Al fin, prácticamente de noche,
llegamos a la casa de Jesús, que está junto a la de Zenón, y
de nuevo me dejan en el porche y se van. Absoluta falta de
hospitalidad. Menos mal que el sobrino que nos acompañaba se
queda conmigo en el porche charlando de lo divino y de lo
humano.
Ante mi estupor, pasa el tiempo
y allí no se cena. Debo de añadir que cuando llegué a la casa
primera, desde el bus, a las 12.20 horas, tampoco tuvo nadir
la delicadeza de preguntarme si había almorzado. Al final me
hacen pasar a la cabaña de Zenón donde me sirven la cena a
base de arroz con arroz como es normal. Duermo allí mismo, sin
que por supuesto nadie me invite a pasar al interior de la
casa. He de decir que la única estancia en la que estoy es una
amplia, ciertamente cubierta, que sirve de secadero de ropa.
Pronto a dormir ya que al día
siguiente nos levantamos a las tres de la mañana para empezar
a caminar hacia las cuatro en la primera etapa entre Coroma,
que es donde estamos, y una pequeña aldea situada en el quinto
coño llamada San José de Cabecar. Y efectivamente, está
a doce horas andando desde donde nos encontramos.
día 7
Como estaba previsto, salimos a
las cuatro de la mañana, después de un estupendo y energético
desayuno consistente en un café negro aguachinado y,
adivínenlo, arroz blanco con un trocito de salchichón.
Las dos o tres primeras horas
transcurren por un camino razonable ya que se trata de una
zona en la que hay bastantes viviendas. Huelga decir que ya en
el pueblo del que hemos partido y en todas estas casas no hay
luz eléctrica ni teléfono, y que las condiciones de vida son
muy precarias.
El camino pronto se hace muy
duro. En teoría seguimos río arriba la ribera del río Cohén,
hasta cerca de su cabecera, para desde allí llegar a la
divisoria continental. Pero el camino tiene un trazado
infernal a pesar de que es el único que puede ser utilizado
por algunas comunidades pequeñas situadas junto al río para
acceder a la civilización. Tenemos que cruzarlo una y
otra vez, el río, con el agua hasta la cintura, como antes.
Tiene por lo menos treinta metros de ancho, con lo cual,
descalzo provoca un destrozo de pies que puede ser un serio
problema. Los guías no lo tienen por las botas de agua. Así
que tomo la decisión de cruzar el río con las botas y los
calcetines puestos, además de ajustarme los guetres que algo
ayudarán. El riesgo es que al caminar con las botas y los
calcetines empapados, si aparecen rozaduras y ampollas la cosa
puede ser patética. El camino, cuando no consiste en cruzar el
río va siguiendo su margen más o menos pero con continuas
subidas y bajadas dentro de la selva, con barro, tramos casi
verticales y muy escurridizos. Hay que poner la mano en la
maleza para no caer, porque no hay que olvidar que vamos muy
cargados, con el riesgo de que en esa maleza haya algún
residente no deseado. Esto en medio de un continuo sudor a
chorros que se me mete en los ojos y me empaña las gafas. Mis
acompañantes, bien adaptados a la zona y sin un gramo de
grasa, apenas sudan.
La cantimplora la relleno
directamente del río grande, que baja marrón por la tierra, o
de arroyos más claros que salen por los laterales. Asimismo,
desde ayer, en las chozas en que estuve, bebo tal cual el agua
que me sirven, sin saber muy bien de donde viene, o sea, hago
exactamente lo contrario de lo que se supone que se debe de
hacer cuando uno está por los trópicos. Todo esto sin haber
comido el día anterior y con una muy deficiente alimentación.
El paisaje, de vez en cuando,
es espectacular: la cordillera, cascadas, pájaros... Pero
realmente no lo disfruto. El agotamiento va haciendo mella, y
cuando llevo siete horas estoy al límite. No doy un paso a
derechas, me fallan las fuerzas, cada paso es una tortura y
además, como me suele pasar en estos casos, me voy poniendo
nervioso y cabreándome.
El guía tiene una actitud
absolutamente negativa. Ni una sonrisa, ni una palabra de
ánimo, se limita a ir indicando el camino, empleando el
machete en muchas ocasiones, y hablando a veces con su yerno
en la lengua bri bri.
Decido que es suicida seguir
las doce horas previstas, y ordeno acampar en el primer sitio
que podamos y replantear la excursión. Lo hacemos
efectivamente, y mientras Zenón corta unas ramas para hacer un
chamizo sobre el que colocaremos unos plásticos que nos
servirán de tienda, yo charlo con Jesús. Le cuento que me
parece indignante, que la excursión la han montado en función
de sus necesidades y no de las del cliente: pocos días porque
así cobran lo mismo y están antes en casa, parada el primer
día a doce horas de camino porque así saludan a los colegas,
total falta de solidaridad que es inaudita en la montaña, y
mucho más cuando ésta es dura. Presunta profesionalidad
que consiste en mantener las distancias y en soportar
malamente el paquete que les ha tocado. Naturalmente le
digo que si sólo son profesionales, y no compañeros de
camino, pues a cumplir el contrato, que habla de siete a diez
días y no de seis. Pero no llevamos comida suficiente, con lo
cual estoy atrapado.
Decido hablar todo esto con
Zenón, aunque no me apetece en absoluto. Hay que ver como
reacciona y replantear el tema: seguir, pero más días, viendo
que hacemos con la comida; retornar y suspender la excursión y
ya veremos que pasa con el dinero que he pagado (500 dólares);
o hacer ruta alternativa.
El paraje, a orillas del río, y
con la vegetación selvática cayendo sobre sus riberas es
excepcional. Lástima no poder disfrutarlo por la situación.
Hablando de otra cosa, el
invento de las botas para pasar ríos durante esta jornada ha
resultado, y lo del agua pues parece que por el momento no es
un problema.
Después, y antes de cenar,
hablo con Zenón y Jesús en los términos en que ya lo había
hecho sólo con Jesús. Resultado nulo: se excusa y se queda
realmente cortado. Le pregunto por su opinión sobre lo que
tenemos que hacer y él sugiere que regresemos al día
siguiente, porque con el ambiente que se ha creado le parece
muy difícil seguir. Lo pienso un poco y no estoy de acuerdo.
Tendría que pelearme en Puerto Viejo para que me devolvieran
el dinero, y seguir perdiendo días, a lo que no estoy
dispuesto. Así que decido que hagamos una ruta alternativa, en
que en lugar de nueve horas de caminar al día, lo hagamos
entre cinco y siete y que cumplamos al menos los seis días.
Dormimos prácticamente al raso
en mitad de la selva: un plástico abajo y otro arriba por si
llueve y ya está. En este sentido sigue todo de lo más
asilvestrado.
día 8
Nos levantamos como hacemos
todos los días a las 5.30 de la madrugada con idea de salir a
las siete. Desayuno frugal con intento de que sea energético:
arroz con salchichón frito y un vaso de Tang de naranja. Es
curioso, cuando hay escasez, hasta una bazofia como Tang sabe
estupenda. Hoy seguimos un camino similar paisajísticamente
hablando al de ayer y supongo que al de los próximos días. De
nuevo entrar y salir de ríos y subidas y bajadas, eso sí, más
suaves y a ritmo más tranquilo que ayer. La diferencia es que
vamos por zona menos transitada y Zenón se tiene que emplear a
fondo con el machete para despejar el camino y en ocasiones
para abrirlo directamente. El ambiente, agradable y correcto.
El día, bueno como los anteriores. La caminata, en línea con
lo que les había dicho: cinco horas con paradas para disfrutar
del paisaje o contemplar una flor. Por el camino recogemos una
especie de plátanos pero que son otra fruta que tomaremos con
la pasta del mediodía.
Llegamos al lugar de acampada
temprano, montamos el artilugio, y a pasar la tarde. Primero
me doy un baño vestido con pantalón y camiseta. Como llevo las
mismas prendas toda la excursión, las lavo así y las dejo
secar, haciendo mi cuerpo de secadora. Suena un poco cutre,
pero en las condiciones en que vamos, si no se hace así, a los
dos días estaría todo igual. Comida frugal y baño en el río.
Estoy contento con la
excursión, es desde luego aventurera, pero no me llega hondo
ni me emociona. La frustración del primer día sigue pasando
factura. Observo otra cosa un poco extraña: no vemos casi ni
aves, tan abundantes por estos pagos, ni otros animales en
teoría tan fáciles de ver como los monos. No sé por qué será,
porque la zona está prácticamente deshabitada, y la vegetación
es muy densa.
día 9
Jornada extenuante y durísima.
Ocho horas de caminata, de las cuales casi siete de subida
ininterrumpida. La verdad es que la subida es indescriptible,
hay que vivirla. Para empezar no hay camino en absoluto. Hay
que ir abriéndolo con el machete, y además los guías no lo
conocen muy bien, y ya se sabe que en esta selva una
equivocación significa una cuesta más. El desnivel es
tremebundo, rozando en muchas ocasiones la vertical, todo es
puro barro por lo que fácilmente das un paso para adelante y
dos para atrás, con peligro continuo de perder el equilibrio y
rodar ladera abajo. Cuando tratas de amarrar una rama para
ayudarte en la subida, caben tres posibilidades ordinarias y
una excepcional. Las tres posibilidades ordinarias son: que la
rama esté medio podrida y se rompa al agarrarte a ella; que
esté llena de pequeños pinchos invisibles que se te clavan en
la mano; y que esté habitada por voraces hormigas que se
abalanzan sobre tu mano a pegarte picotazos. La posibilidad
extraordinaria es que sea una rama normal y te ayude a subir.
Además el suelo es un auténtico compendio de cosas que pueden
terminar de completar la tortura: ramas caídas y entrelazadas
que te sujetan el pie, pequeñas lianas que te parece que se
rompen con un leve tirón, pero de increíble resistencia, que
hacen que caigas directamente sobre el barro, hoyos escondidos
entre las hojas... Esto, junto con el clima, provoca que sude
como un pollo. De manera que se tiene una sensación continuada
de agobio y agotamiento que hace que la marcha sea francamente
penosa.
Es agobiante, pero también un
privilegio ver y sentir en directo un bosque lluvioso; todo
eso que son incomodidades me indican que estoy hollando un
bosque lluvioso virgen, sin caminos y en perfecto equilibrio.
Toda la riqueza biológica que hay está entrelazada y vinculada
íntimamente. Todas esas varas y árboles caídos que molestan
son los que hablan del equilibrio del bosque: las plantas
viejas o más débiles caen, se convierten en hogar de otros
seres, y enriquecen el suelo que a su vez, con ese humus
alimenta al resto del bosque.
Durante el camino vamos
encontrando huellas de tapir, y durante un buen trecho
seguimos las huellas claras y recientes del jaguar, el tigre
americano. En realidad, las trochas que seguimos casi siempre
han sido holladas por estos grandes animales en su deambular
por el bosque.
Cuando todavía no hemos
terminado de subir la pendiente, surge un nuevo y grave
problema: íbamos a subir a lo alto del cerro y a dormir arriba
en la seguridad de que no habría problema con el agua. Pues
bien, el agua no aparece y la situación empieza a hacerse
angustiosa. Con lo que sudo necesito beber al menos cuatro
litros diarios, y la cantimplora que llevo comienza a
escasear. Empiezo a racionar el agua y definitivamente no
encontramos más. Es increíble la irresponsabilidad del guía
Zenón. Supongo que él, y su acompañante, tienen capacidad de
salir del apuro bajando corriendo a por agua donde sea, pero
no parecen en absoluto conscientes del riesgo que puede correr
una persona no habituada.
Ante la situación, comenzamos a
bajar en busca del agua, pero la noche se empieza a echar
encima y no hay más remedio que montar el campamento. Para el
campamento se busca una de las escasas zonas en que la
vegetación no lo inunda todo, se aclara con el machete, se
cortan unos palos, y se coloca un gran plástico negro como
tejado y otro como suelo. En principio cualquier bicho puede
entrar y salir a su antojo pero normalmente respetan a las
personas. Todos menos los tábanos. Al anochecer y al amanecer
decenas de ellos runrunean constantemente alrededor, poniendo
seriamente a prueba los nervios y consiguiendo romperlos en
ocasiones.
Nos disponemos a dormir y a
guardar energías para el día siguiente. Tenemos un cuarto de
litro de agua para los tres, no podemos por tanto cocinar, y
tampoco podemos comer unas galletas hediondas que llevamos que
dan más sed. Una vez tendidos, el azar se alía con nosotros:
comienza a llover, y el agua a escurrir por el plástico, con
lo cual conseguimos cenar y, primero de todo, tomar un café
que nos sabe a gloria.
día 10
Este día en principio promete
ser un poco menos duro, porque se supone que vamos a bajar
todo el rato hacia un río donde acamparemos y podremos por fin
aprovisionarnos de agua. El día transcurre como siempre.
Disfrutando de la joya natural que estoy recorriendo y
sufriendo lo indecible por las condiciones.
La bajada final al río en que
tenemos que acampar se hace tremenda: superembarrada, casi
vertical, y con el agotamiento de cinco horas anteriores de
marcha. Al fin llegamos al río, a un paraje de ensueño.
Desembocamos justo donde confluyen dos pequeños riachuelos,
encajonados en dos barrancos muy estrechos y exuberantes.
Difícil encontrar un sitio para acampar por lo inclinado de
las laderas. Tras caminar unos minutos metidos literalmente en
el río, como de costumbre, encontramos un lugar donde justito
podemos montar el campamento y, efectivamente, lo hacemos. El
río, el pequeño altillo del campamento, y la ladera bien
parada.
Nada más montar el campamento,
se desencadena una tormenta de las habituales en esta época y
con lluvia torrencial. Con preocupación, vemos que el río que
está a nuestra vera comienza a aumentar rápidamente su caudal.
De pronto, la corriente se sale de su cauce habitual e invade
rápidamente un pequeño ramal justo unos centímetros por debajo
de nuestro campamento. No sabemos el agua que está cayendo más
arriba, aquí lo hace a mares, y el riesgo de que el agua
arrase nuestra pequeña instalación y a nosotros mismos aumenta
por momentos. Ante eso, salimos precipitadamente a situarnos
como podemos unos metros sobre la ladera, para evitar el
riesgo y observar el cauce. Lo que era un pequeño arroyo
cristalino se ha convertido en un río tumultuoso, rugiente y
turbio que arrastra toda la tierra en su caída.
Permanecemos así cerca de una
hora, y cuando parece que el río puede desbordar un tronco que
le impide el paso al campamento, vemos que se detiene y muy
poco a poco empieza a bajar. A pesar de que la lluvia sigue
fuerte, el caudal se mantiene con lo que decidimos regresar.
Afortunadamente, al caer la noche deja de llover, con lo que
podemos terminar una jornada más, con sus emociones
correspondientes.
día 11
La tremenda ladera que bajamos
ayer es como su gemela de enfrente que remontaremos hoy. Se
supone que subiremos un poco, luego continuaremos a media
ladera, para después bajar a otro río donde montar el
campamento. Pero como de costumbre, surgen nuevas dificultades
no previstas. Un derrumbe en la ladera, ha provocado una
especie de brecha que hay que salvar. Esto supone que tenemos
que volver a subir hasta la cresta del cerro, otra vez con un
enorme desnivel.
Por lo tanto, seguimos por el
cordal, en un continuo sube y baja, lo que quiere decir que
nos podemos despedir otra vez del agua ya que no nos va a dar
tiempo a bajar al río. De manera que, a la caída de la tarde,
volvemos a montar el campamento y confiamos en que vuelva a
llover. Efectivamente lo hace, pero en cantidad insuficiente.
Nos da para llenar las cantimploras, hacer un café y decidir
si cenamos o desayunamos, optando por esto último. Ya llevamos
además tres días sin poder lavarnos y la situación del cuerpo
es muy incómoda: sudor, humedad, ropa y pies permanentemente
empapados por los ríos, la lluvia y el roce con la vegetación.
De todas formas, noche agitada
y emocionante. La selva es un concierto interpretado por las
aves y los demás animales. Durante toda la noche estamos
oyendo los pequeños rugidos de un jaguar, no muy cerca, pero
tampoco muy lejos. La cosa es inquietante, ya que el
campamento está montado exactamente en el carril que hay en un
filo estrecho, que es su paso natural. Pero sabes que estás
durmiendo en la compañía libre de unos felinos
desgraciadamente cada vez más escasos, y esa emoción no se
puede describir con palabras, o por lo menos yo no sé hacerlo.
Hay que estar allí.
Además, tenemos la animación
garantizada por los monos rojos. Movidos por la curiosidad, ya
que no debemos de pasar muchos humanos por allí, les oímos
zascandilear por las ramas cercanas a donde nos encontramos.
Periódicamente, mis acompañantes salen fuera a enchufarles con
la linterna y lanzarles piedras para que se alejen. Al
parecer, estos monos no tienen a veces demasiado buen humor y
podrían arrancar ramas y arrojarlas sobre el campamento.
Resultado desigual, ya que siguen rondando toda la noche.
Si todo va bien, es mi última
noche en la selva, y me dejo deleitar con su sonido. En ese
momento, ya tranquilo y relajado, pienso que valen la pena los
sufrimientos y las dificultades. Estoy viviendo un auténtico
lujo.
día 12
Nos levantamos como de
costumbre, dispuestos a empezar la última etapa Empiezo con
muchos bríos, pero poco a poco la debilidad me empieza a pasar
factura. Hay que tener en cuenta que llevamos seis jornadas
comiendo prácticamente dos veces al día un poco de arroz y/o
pasta, con algún trozo de plátano frito que cogimos al
principio y leche en polvo cuando nos llega el agua.
El camino se complica en una
nueva e interminable sesión de subidas y bajadas. Mi cuerpo
empieza a pasarlo muy mal. Tengo un pequeño tirón muscular en
el muslo derecho, que me hace ver las estrellas cada vez que
tengo que hincar el talón para no resbalar en las bajadas. La
sensación de debilidad va en aumento, y en algún momento me
empiezo a marear y el agua se vuelve a acabar. Es una
experiencia muy fuerte. Toda mi misión y concentración
consiste en intentar poner un pie delante de otro, voy como un
zombi o un borracho. Saco fuerzas de flaqueza y digo que hasta
aquí hemos llegado, que no sigo más, y que si hay que avisar a
los servicios de emergencia, se les avisa. Primero agua, y
después salir del bosque.
Ante mi estupor, Zenón dice que
puede conseguir agua. Me quedo con Jesús, y a los quince
minutos viene con las cantimploras llenas. Ve que estoy medio
muerto, y hasta que no me planto, no va a por agua. En la
espera, le planteo a Jesús que esto no puede ser: pues bien,
me dice que el tampoco entiende nada. Que estamos yendo de
forma que nos quedan horas de marcha, y que por si él fuera ya
estaríamos en el pueblo, que hay una forma de ir mucho más
rápida y cómoda, pero que no ha dicho nada porque el jefe es
Zenón. Le exijo que me saque de allí por ese camino y que se
lo diga a Zenón. Éste acepta desconcertado y seguimos por
el buen camino. La hipótesis de Jesús es que Zenón quería
llegar más tarde porque en el pueblo se iban a dar cuenta de
que no se había cumplido el plan inicial y eso sería como un
fracaso para él.
Poco a poco vamos saliendo del
bosque virgen y, a la caída de la tarde conseguimos llegar a
Coroma. En la pulpería compramos tomate, cebolla, ajo y
un pollo para freír. Ah, y una coca-cola como final de la
caminata. Ya casi ni me acordaba. Previamente nos damos un
buen baño en el río.
Duermo de nuevo en casa de
Zenón. Casa, como muchas de esta zona, extremadamente pobre.
Es un palafito con varias estancias, de madera, y techo de
hojalata (otras lo tienen de paja), con la particularidad de
que las estancias están prácticamente vacías. No hay muebles,
no hay camas ya que se duerme directamente en el suelo, no hay
luz ni baño... Esto es otra Costa Rica sin lugar a dudas. Y
hay poblados que están a cuatro días de caminata por los
senderos que acabo de describir.
Hay que señalar que estamos en
tierra bri bri y cabecar. Mis acompañantes son
bri bris. Conservan sus formas de vida y cultivo
tradicionales, tienen una lengua propia prehispánica que
utilizan habitualmente entre ellos, y habitan en zonas remotas
como la que estamos. Hay afortunadamente en ellos una
conciencia de que su cultura e identidad hay que mantenerlas,
pero a medio plazo si no ya tendrán que resolver el eterno
problema entre tradición y modernidad.
Esta caminata ha transcurrido
entre las cuencas de los ríos Cohén y Lari, en
concreto en los cerros aledaños al río Suinxi, en el
territorio de las Reservas Indígenas Bri Bri de Talamanca
y Cabecar de Talamanca, en la sierra del mismo nombre,
provincia de Limón, en el sureste de Costa Rica.
día 13
Regreso al campo base de
San José por etapas. Últimas dos horas de caminata
atravesando los cuatro ríos del principio hasta Amubri.
Despedida cortés pero más bien fría de Zenón y Jesús. Espero
el primer bus que me llevará al río junto a Suretka.
Nueva espera en Bri Bri,
centro de las comunidades indígenas de la Cordillera de
Talamanca, y cinco horas de bus hasta San José. Llego
al hotel, repaso el correo electrónico, y a descansar.
El día siguiente es de descanso
y recuperación en el albergue. Lavado de ropa, algunas compras
en la pulpería, que está abierta, buena alimentación y
preparación de la siguiente etapa. Ya he reservado el
Trinidad Lodge, un hotelito que tiene muy buena pinta en
el noreste del país, en la ribera del río San Juan que es
frontera con Nicaragua.
día 14
De nuevo a la terminal del
Caribe a tomar la guagua que me llevará en algo menos de
dos horas a Puerto Viejo de Sarapiquí. Salimos por la
ruta que va a Limón y, tras atravesar de nuevo el espléndido
bosque nuboso que constituye el Parque Nacional Braulio
Carrillo, giramos hacia el norte. El paisaje es sumamente
agradable y está muy humanizado. Siempre verde, es una
sucesión de fincas no muy grandes con su casa, y dedicadas al
cultivo o a pastizales de ganado vacuno.
Llego a Puerto Viejo. Se
nota que estamos en la llanura norteña y que hemos dejado
atrás los 1.150 metros de altitud de San José, donde estos
días hacía bastante fresco. Aquí se vuelve a sentir el calor
tropical. Todos estos días seguimos con el clima típico:
soleado por las mañanas y lluvias, generalmente fuertes, por
las tardes. El pueblo se encuentra a orillas del río
Sarapiquí. La misma sensación de vida sencilla y tranquila,
mucho comercio, y un aroma de autenticidad que se encuentra en
todos los sitios que no están invadidos por el turismo y
conservan su identidad. En tiempos, este pueblo fue un
importante centro comercial. Siguiendo el Sarapiquí y después
el río San Juan, se salía al Océano Atlántico.
Arrancamos como a las 12.30 del
mediodía, mientras comienzan las lluvias de la tarde. El bote
de transporte público es una pequeña embarcación de madera,
cuyos asientos son tablas transversales y con capacidad para
dieciocho personas. Suelo plano, para poder navegar con poca y
mucho agua. Se llama Torito.
Vamos río abajo hacia la
confluencia con el San Juan, encajonados en un pequeño talud.
Se ve que lo que antiguamente fue bosque tropical, hoy es una
sucesión de fincas bananeras y ganaderas, que en ocasiones
incluso han acabado con la vegetación de ribera, llegando
hasta la misma.
Estamos acercándonos a la
frontera nicaragüense. Dada la enorme diferencia de desarrollo
económico de Nicaragua y Costa Rica, la inmigración de los
nicas hacia este país es muy grande. Son residentes
legales más de 250.000, es decir, el 5% de la población total
costarricense, y la inmigración clandestina es muy grande.
Al cabo de unas dos horas, el
bote me desembarca en el hotel Cabinas Trinidad. Está
situado exactamente en la margen derecha del río Sarapiquí, en
la misma esquina en que confluye con el río San Juan. El lugar
es realmente de ensueño. Un edificio grande que es vivienda y
pulpería. Detrás un comedor en forma de choza redonda. Luego,
alineadas frente al río, a unos veinte metros de él, seis
cabinas o pequeñas cabañas, con tres camas y baño completo
cada una. De frente, un pequeño jardín y la confluencia de los
ríos. Pegadito al río un cobertizo que protege del sol y de la
lluvia, alberga unas hamacas colgadas de los árboles para
tumbarse a contemplar sin más. Todo lo que se ve enfrente es
territorio nicaragüense, un bosque lluvioso absolutamente
virgen que se extiende por toda la vertiente atlántica de
Nicaragua. Río abajo, entraríamos en el lado tico en la
Reserva de Fauna Silvestre de Barra del Colorado, que
por el sur se une con el Parque Nacional de Tortuguero.
Está en proyecto la creación de
un Parque internacional a ambos lados del río llamado Sí a
Paz. Sería una iniciativa formidable. Hay que tener en
cuenta que, hasta hace pocos años, y debido a la guerra civil
entre sandinistas y contras esto era una zona turbulenta.
Paradójicamente, ellos contribuyó a su mejor conservación.
Como curiosidad, la frontera entre los dos países no pasa por
el centro del río como sería lo habitual. Todo el río es
nica, y Costa Rica empieza en su propia ribera. A cada
lado del río se ven asimismo los puestos de inmigración de
ambos países. Es posible desde aquí adentrase en Nicaragua,
pero teniendo en cuenta que el transporte por el San Juan es
muy irregular.
Me voy a quedar aquí relajado
por lo menos dos días completos. El precio de la habitación
para uno sólo es de 7.5 euros. La pensión completa no pasa de
los 20 euros diarios.
día 15
Duermo acompañado por los
gritos de los cercanos monos aulladores. Me levanto y
afortunadamente el servicio es bueno, y en lugar del
gallopinto, desayuno fruta y unos huevos revueltos. Antes de
desayunar, sentado un momento a la puerta de la cabina, un
colibrí de color azul metálico y oscuro pasa libando de flor
en flor.
Después, doy un paseo de una
hora por las riberas y campos de los alrededores, y consigo
ver en los árboles a unos cuantos monos carablanca. Me
acompaña como guía un joven inmigrante nicaragüense sin
papeles que trabaja en el hotel.
A última hora decido no
ascender el cerro Chirripó, el más alto de Costa Rica.
El tiempo está muy revuelto e inestable, todavía me noto algo
cansado, y no me apetece acometer otra empresa que puede ser
dura yo solo o acompañado por un guía que siempre es una
lotería. Termino con una buena cena a base de gambones un día
en el que por cierto no ha llovido.
día 16
Me levanto temprano y tras un
buen desayuno a base que queso y fruta, emprendo con el hijo
de la dueña una excursión a pie por el bosque lluvioso
ribereño del río San Juan. Camino bien acondicionado y
cómodo. El bosque es menos denso que el de la Cordillera de
Talamanca, ya que se trata de una zona menos húmeda. Avistamos
huellas de tapir, y monos carablanca y araña. Veo también una
preciosa rana negra y verde intenso. Esta intensidad del color
suele anunciar a otros animales que es venenosa y por
consiguiente es mejor dejarla en paz.
Tarde tranquila de lectura que
termina como casi siempre en tormenta y lluvia.
día 17
Tras un te y unas galletitas, a
las cinco de la mañana vuelvo a tomar el bote camino de
Puerto Viejo. Recorrido tranquilo, con la neblina que casi
siempre se forma al amanecer en los ríos de las zonas
tropicales. Al poco rato de llegar enlazo con el primer bus
del día que me ha de llevar a San Carlos, también
llamado Ciudad Quesada. Son dos horas de trayecto, la
primera mitad por terreno llano, y la segunda por un precioso
paisaje de colinas que constituyen las estribaciones
orientales de la cordillera de Tilarán. Todo el recorrido está
bastante poblado, con una continua sucesión de fincas
cultivadas, prados y pequeñas o medianas viviendas
unifamiliares. El viaje se hace un poco pesado, ya que la
guagua para continuamente para recoger gente que va y viene
seguramente a trabajar, y multitud de escolares que se
distribuyen por las escuelas del recorrido. Por lo que sé no
existe el transporte escolar como entre nosotros, lo cual es
un gran problema para las familias más humildes, ya que aquí,
como en casi todas partes, el coste diario de ese transporte
es muy gravoso para las familias.
Llegamos a San Carlos,
una muy agradable ciudad situada en un valle entre las
colinas, pero de la que no puedo disfrutar porque en media
hora sale la siguiente guagua rumbo a mi destino final en
Fortuna. Este último tramo discurre entre características
y paisajes similares al anterior. Un poco antes de llegar a
Fortuna veo, envuelta en nubes, la silueta del volcán
Arenal, que está en perpetua actividad desde hace más de
veinte años.
Me instalo en el hotel, modesto
y céntrico como de costumbre, y tras el chaparrón de todas las
tardes, se quitan las nubes bajas y veo el cono perfecto del
volcán, echando un poco de humo por el cráter. Fortuna es una
ciudad de las que no me gustan: pequeña, pero llena de
agencias de turismo y volcada en la visita al volcán y
alrededores.
Las autoridades del Parque
Nacional de Arenal tienen prohibido subir a la montaña por
razones obvias. No hay más remedio que apuntarse a un tour
turístico para aproximarse un poco al monte y ver, si es
posible, la emisión de rocas incandescentes por la noche.
Hacemos un pequeño recorrido a pie por un bosque lluvioso, y
terminamos el pateo con una espectacular vista del volcán
desde una colina cercana. Ahí, cuando cae la noche, y aunque
la cumbre no está del todo despejada, vemos caer por la ladera
las rocas iluminadas de rojo. De inmediato nos dirigimos a un
nuevo observatorio para tener una mejor visión. Este
observatorio está situado junto a una carretera y en una
zona llena de luces de hoteles y restaurantes. Es increíble,
pero no hay habilitado ningún lugar ni mirador nocturno en que
poder gozar en silencio y en la oscuridad del espectáculo de
un volcán activo emitiendo lava en la noche. Aún así, vemos
caer las rocas por la ladera, lo que hace que, a pesar de
todo, merezca la pena.
El fin del tour es un horror:
unos baños en unas aguas termales atestadas de gente y
decoradas estilo imperio romano. No consigo soportarlo, y
afortunadamente me bajo al pueblo con un chófer y consigo
librarme de semejante esperpento. Supongo que soy un poco raro
o elitista o lo que se quiera, pero a estas alturas de la
película, paso de soportar lo que me parecen idioteces,
independientemente de que lo sean o no.
día 18
Ver mapa más grande
El día en Fortuna amanece
lluvioso desde primera hora. Tenía previsto un paseo para ver
una catarata que está a unos cinco kilómetros de aquí, pero
como tampoco es un plan que me entusiasme, decido marcharme a
Tilarán, ya en la provincia noroccidental de
Guanacaste, bordeando el lago Arenal. Todo el mundo lo llama
lago Arenal, pero en realidad no es propiamente un
lago, ya que es artificial. Tiene 88 km2, es el más grande del
país y suministra una parte importante de la producción de
energía eléctrica.
El paisaje es el habitual en
este último tramo: colinas suaves y verdes hasta los mismos
bordes del lago. Durante la primera parte del viaje no logro
ver nada, ya que la niebla y la lluvia lo impiden, pero poco a
poco va abriendo, y la tranquila belleza del lago se va
presentando al viajero. Hasta llegar a Tilarán, que es el
destino de hoy, bordeamos la casi totalidad del lago, y el
entorno es netamente turístico. No hay casi fincas de labor, y
sí cada cierto tiempo cabinas, hoteles, lodges y toda la
variedad posible de oferta alojativa con los consiguientes
complementos de aventura: kayak, aguas bravas,
senderos, canopy... Aclaro que el canopy consiste en
deslizarse en tirolina a través del bosque.
Aunque en uno de los tramos la
carretera está muy mal y lleno de baches, sigo constatando que
la red de carreteras costarricense es muy buena para los
parámetros latinoamericanos. Y una mención también a la red de
autobuses: excelente. Son bastante cómodos, llegan a todas
partes, funcionan con puntualidad y además son muy baratos. El
recorrido más largo, que puede durar más de cuatro horas, no
llega a los seis euros. Y otro dato más a tener en cuenta: los
conductores son prudentes, por lo que, además de todo lo
anterior, viajar en guagua en Costa Rica es seguro.
En cualquier núcleo de
población de un cierto tamaño es posible conectarse a Internet
por un euro la hora más o menos. Por otra parte, gratuito o
pagando son cada vez más los hoteles que incluyen este
servicio a sus clientes. Las comunicaciones interiores las
hago por teléfono: reserva de hoteles, contacto con guías,
gestiones varias. En todas partes, hasta en las más alejadas,
hay teléfonos públicos que funcionan con tarjetas numeradas
que se pueden comprar en cualquier parte. Las llamadas
internas son extremadamente baratas.
Antes de comer, llego al pueblo
al que me dirigía: Tilarán. Muy grata sorpresa. Nada
más bajar del bus noto una atmósfera superagradable que me
invita a quedarme más de un día. Calles anchas, limpias,
situada a 500 metros sobre el nivel del mar, con una brisa que
se agradece y un ambiente muy familiar en la calle. Están en
fiestas, y entre hoy y mañana hay un raid a caballo alrededor
del lago. En toda Costa Rica, pero sobre todo en esta zona
noroeste, el caballo se sigue utilizando y es parte de la
identidad del pueblo. Se usa y se festeja, al estilo de los
rodeos norteamericanos.
Me permito un agradable hotel
en el centro del pueblo: jardín interior, galería con vistas a
los volcanes Tenorio y Miravalles, habitación con baño
privado, agua caliente, ventilador y televisión por cable. Muy
limpia. Y todo ello sin tirar la casa por la ventana: tras un
regateo me sale por doce euros y medio.
Hablo con un guía y con el
responsable de un hotel de la zona para ir al cerro
Chirripó y ambos coinciden en que el tiempo no es
excesivamente malo, en que el camino se encuentra bien, no
tiene pérdida ninguna, y por consiguiente no se necesita guía
para subir. Además, puedo contratar un porteador que me
dejaría toda la carga más pesada en el refugio que está antes
de la cumbre. Esto me anima mucho, y por enésima vez vuelvo a
cambiar de opinión y decido subir al cerro.
Por la tarde asisto a la
eucaristía en la Catedral de Tilarán. Mucha gente, de
todas las edades. Parece claro que a este país no ha llegado
la secularización que tenemos en Europa. La gente mantiene un
sentimiento religioso muy grande, independientemente de la
iglesia a la que pertenezcan. Hay templos por todas partes.
día 19
Me levanto de un excelente
humor. A ello contribuye creo esta ciudad, y también el sol
radiante que luce por la mañana. Me hubiera gustado quedarme a
ver la llegada de los jinetes del raid que empezó ayer, pero
tengo que salir temprano a San José para preparar todo para la
caminata del Chirripó, y el viaje dura cuatro horas. Me
despido con pena de esta ciudad.
En el camino vamos bajando
suavemente hacia el oeste, dejando las colinas para llegar a
una zona más llana, cercana a la costa del Pacífico, y desde
ahí girar al sur para luego subir a la meseta valle donde está
San José. El paisaje es parecido: verde y fincas, como hasta
ahora. Esta es una zona de bosque seco.
Llego a San José y me
empiezo a debatir conmigo mismo si subo o no al famoso cerro
Chirripó. Tras horas de duda, tomo la decisión definitiva y es
que NO. Llamo y cancelo los compromisos que tenía. Razones:
subir era más una cabezonada que otra cosa. No me apetece
subir solo en estas condiciones. Aunque los lugareños digan
que es fácil, no me fío mucho de ellos teniendo en cuenta las
anteriores experiencias. El tiempo sigue siendo muy inestable
con continuas lluvias y tormentas. No creo que el sendero, y
más en día laborable, esté muy concurrido que digamos. Son
casi cuatro mil metros y eso siempre entraña un cierto riesgo,
y no parece que haya guía que le apetezca demasiado. En esas
condiciones, cualquier contratiempo que se produzca puede ser
muy desagradable.
día 20
Me levanto temprano como casi
siempre. Voy a dedicar el día en San José a hacer gestiones y
visitas varias. Empiezo cambiando dinero en una casa de
cambio, que parece que roban menos que en los bancos, y
después me persono en las oficinas de las Líneas Aéreas de
Costa Rica a reconfirmar el vuelo de vuelta...
Entro en una buena librería del
centro a husmear y ver como anda la cosa por aquí. Agrada ver
que está muy bien surtida, y que no es la única ni mucho menos
en la ciudad. Siempre que viajo a algún lado me gusta
profundizar en la cultura de ese pueblo, ya que entiendo que
viajar no es sólo ver cosas, sino sobre todo abrirse a nuevos
paisajes y nueva gente, tratando de que te enriquezcan, de que
amplíen tu horizonte y en definitiva, tratando de conocer más
a fondo aquello que se visita. Creo que es la forma de
respetarlo y quererlo más, y de que el patrimonio de los
diversos pueblos pase de alguna forma a ser parte de ti. En
esta misma línea visito una tienda de artesanía que recoge
obras de distintos artistas de pueblos indígenas.
Tras un buen rato en esta
tienda de artesanía, visita al Museo del Jade. Se trata
del único museo que existe del jade precolombino americano que
se trabajó desde el año 500 antes de Cristo hasta el 800
después de Cristo, y aún después de que se extinguió el jade
en Costa Rica, hasta la llegada de los conquistadores
españoles. Disfruto de los colgantes, las esculturas, en fin,
del jade hecho belleza. Otro aliciente de este museo es que se
encuentra en lo más alto de un edificio desde el que se
contempla toda la ciudad de San José, extendida a los pies de
las montañas. Unos pocos edificios altos, y lo demás
construcciones de no más de dos o tres alturas. Una ciudad
agradable.
día 21
Viaje muy pesado de casi cinco
horas al Parque Nacional Manuel Antonio. No llegué a
tiempo del primer exprés y el que he tomado para
continuamente.
Ya en el último tramo de este
viaje, puedo hacer una constatación: este es un país que se
puede recorrer perfectamente en coche alquilado, y desde luego
trae mucha cuenta si se viaja en grupo. Las carreteras son
buenas y llegan a casi todos los sitios de interés, están bien
señalizadas, y la forma de conducir de los ticos no es
exactamente europea, pero es bastante aceptable.
La primera parte del viaje a
Manuel Antonio, en la costa central del Pacífico, transcurre
por una muy bonita y revirada carretera montañosa, que
atraviesa valles angostos, quebradas profundas y laderas
empinadas, a medias repartidas entre bosque y prados donde
pacen las vacas. Un poco antes de llegar al Pacífico, la
carretera pasa junto al Parque Nacional Carara. Rodeado
de zonas de cultivo y pastoreo, es un oasis para la fauna
salvaje. Es el bosque lluvioso tropical más septentrional de
la costa pacífica, en plena zona de transición a los bosques
secos tropicales situados más al norte, y que no he podido ver
en este viaje.
Desembocamos en la costa, en
una zona verde y abrupta con pequeñas playas. Poco a poco la
costa se hace más plana y aparecen grandes plantaciones de
palmeras de vez en cuando. Y en seguida se ve que estamos en
lugares turísticos. En este sentido, esta infraestructura está
mucho más desarrollada en la costa pacífica que en la
atlántica: villas, apartamentos, cabinas, hoteles, actividades
lúdicas... La última población grande antes del Parque y del
pueblito de Manuel Antonio es Quepos.
Llego a Manuel Antonio
lloviendo a cántaros y localizo las cabinas en que me alojo.
La mía tiene siete camas y, naturalmente, estoy yo solo, tanto
en la cabina como en el hotel. Me siento en la galería a la
que dan las habitaciones. Son las cuatro de la tarde y cae el
diluvio universal sobre el jardín, muy guapo por cierto, y
sobre toda la zona.
Paseo bajo la lluvia y ceno un
pescado muy rico frente al mar. Afortunadamente el dueño me
deja un paraguas.
día 22
Como amanece casi despejado,
desayuno temprano, hago compra en una pulpería, y me dedico a
recorrer los senderos del Parque Nacional de Manuel Antonio.
Es un pequeño espacio protegido con bellas playas tropicales,
en una costa escarpada, y a cuyas orillas llegan los bosques.
Tiene también promontorios con vistas al océano y una
abundante vida salvaje. Posee además dos cosas que hacen
cómoda e interesante la visita: por un lado una estupenda red
de senderos, bien acondicionados y señalizados; por otra, es
visitado por mucha gente, con lo que los animales están más
habituados a la presencia humana y, por consiguiente, se dejan
ver con más facilidad.
Hoy veo aves, monos carablanca,
un lagarto muy grande y otros más pequeños de colores muy
bellos, un pequeño venado llamado cabro de monje y un
par de coatíes, eso creo que son. Parece ser que pasé al lado
de un perezoso, pero no lo vi, lo cual tampoco es de extrañar,
teniendo en cuenta mi extraordinaria agudeza visual.
Por la tarde doy una vuelta por
la playa del pueblo.
día 23
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