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Liturgia
otoñal de la Sequeda
Del número 13 de la Revista Argutorio correspondiente al II semestre de
2004, páginas 39 a 41.
Durante el otoño de 2003,
Andrés Martínez Oria
recorrió la comarca de la Sequeda, al sur de Astorga. Su principal objetivo
era tener un primer contacto con ella y con sus gentes para, a partir de él,
y con las notas tomadas, escribir un breve texto sobre la zona. Una visita más
larga y pausada debía realizarse más adelante, en primavera, con el fin de
reunir suficiente material para elaborar algo más largo que pudiera, quizá,
llegar a convertirse en libro.
Guía tus pasos a estas ruinas
sin fin. Salmo 74.
ORATIO VENTIS - (PLEGARIA AL VIENTO)
Cabalgó sobre un
querube, emprendió el
vuelo,
sobre las alas de los vientos planeó.
Desde la torre campanario de
Valderrey, dos campanas de buena
fundición y un campanín que suena como los propios ángeles, el caminante
ocioso y cachazudo puede ver unos de los panoramas más completos de la
comarca. En ningún otro sitio va a percibir mejor aquello que escribiera el
poeta que supo ahondar como nadie en el alma de esta tierra,
Y pasa el leve polvo de los astros,
barriendo las estepas silenciosas,
los surcos, los viñedos; la distancia
como un rescoldo donde el cierzo sopla.
Para andar esta tierra no hace falta mapa, sí un atlas del
espíritu que bien podría titularse Laderas del Teleno, Pequeño canto a
la Sequeda, Salmos de la lamentación por la tierra perdida o algo por el
estilo. La comarca, tierra pelada entre ríos secos o lejanos y carreteras que
huyen como gato escaldado, queda a trasmano de casi todo, es verdad, y por eso
mismo resulta más íntima, más recatada, más entrañable.
podria definirsela
como una comarca de tierra pelada entre rios secos o lejanos, que por sus
caracteristicas resulta intima silenciosa y recatada. los inviernos eran fríos y
los veranos calurosos, la primavera traía el verde a las praderas y el otoño
pintaba de ocre los robles del monte que se hacían aún mucho mas vistosos al
sobresalir sobre el verde de las encinas de los robles. Todo el tiempo se
pasaba trabajando…
Mínima comarca
de centenos pobres
entre nubes altas,
la cantó el poeta. Poetas de la Sequeda sólo hay uno, al
menos que se sepa, y vivió ahí al lado, en el encinar de Castrillo,
atisbando desde la ventana el humo del tren y la humilde levedad de estos páramos.
El caminante no sabe por qué está aquí. Cogió el pendil a deshora y en
Celada arrumbó a Cuevas, un camino corto que huele a estiércol y a hollejos
de uva recién pisada, y luego, por el monte, llegó a este alto mirador de la
contorna. Celada es Vega y en cambio Cuevas, a un kilómetro escaso, es pueblo
sequedano como el que más, aunque parezca dar la espalda a la comarca y mirar
con nostalgia las piedras doradas de Astorga. Cuevas es la envidia de los
sequedanos por contar con río, que unos llamaron Valimbre y otros llaman
Turienzo. Claro que del río Turienzo hay que fiarse poco, por no decir nada.
Cangrejero cuando los cangrejos andaban al alcance de ansiosos y necesitados,
puede bajar crecido si arrecia el temporal en el Teleno o quedarse en seco
para los siglos de los siglos. Eso es del dominio público, no es que quiera
hablar mal de un río que no se mete con nadie. Para Madoz, el río Turienzo
es el Valimbre, se ve que alguien se lo dijo así, pero el nombre es lo de
menos. Lo importante son los hechos. Aunque al Turienzo no se le puede exigir
mucho. Bastante tiene con ese puente, aguas abajo, que algunos quieren romano
y por las trazas no va más allá del Medioevo, poniendo mucho. Pero tampoco
hay que entrar en polémicas sin sustancia. Qué son mil años en la quietud
de estos lomazos y terrazgos que vienen de la neblina de los tiempos y aquí
estarán cuando se acaben. Cuevas, cabeza de la Sequeda, es pueblo alto y bien
situado, abierto a todos los vientos salvo los del sur, y sin embargo goza de
clima sano. Eso decían en el siglo XIX, cuando aún producía cereal,
legumbres, lino y buenos pastos para el ganado. En aquellos días de más
pujanza, llegó a conocer hasta tres molinos harineros y uno de linaza. Pero
ya sólo es memoria débil. De las ochenta y dos almas que sustentó, hay que
suponer holgadamente, hoy no quedan más allá de cinco. Lo que son las cosas.
Cuevas tiene un olivo viejo junto a la iglesia, cargado de aceitunas agraces
en otoño. Cuevas, cuando lo cantó el poeta, era respirada calma, pero
hoy es calma sin respiración, es decir, calma casi muerta. A los de Cuevas
los atiende espiritualmente el cura de Nistal o bajan a Celada, que está bien
cerca, y se van arreglando. En Cuevas ya nadie trabaja el campo, y las rejas
de los tractores se oxidan en los solares convertidos en herbazal que la
lluvia de otoño hace crecer verde y vigorosa. Inútil esplendor de última
hora. Junto al humilladero, ladra un mastín deseoso de rebaño. Las cuatro
casas que hay junto a la iglesia son paredes destechadas que nadie volverá a
poner en pie. En la ladera, el sardonal es un ejército de sombras que
aguardan el momento de echarse cuesta abajo y engullirlo todo en un santiamén.
El caminante, subido en la torre, mira los pueblos de la
comarca antes de poner el pie en ellos. Al corazón de la Sequeda se llega por
muchos sitios, uno es el camino de monte que sube faldeando desde Cuevas y
baja a la carretera de Valderrey, nada más pasar el enlace de la autovía.
Como ser no es mala ruta, entre encinas rebosantes de bellotas y pinos recién
plantados. En un recuesto, el caminante aún se volvió a ver la iglesia de
Cuevas con su nido de cigüeñas vacío y su atrio recoleto y olvidado, las
choperas amarillas del río, la línea horizontal de la autovía que saja en
dos el paisaje, cuchillo hiriente en carnes viejas, Celada y las torres de
Astorga, diminutas en la distancia. Camino de Valderrey, la tierra ha echado
un pelaje pardo para sobrevivir a la ventolina que campa a sus anchas sin nada
que le salga al paso. La torre de la iglesia además de ser alta está en un
teso y no es mal sitio para otear el vuelo del milano sobre los terrazgos
arados para la siembra. Abajo, la casa del cura es un montón de paredes y
tejados caídos. Por la carretera se acercan dos mujeres de riguroso luto.
Bien podrían ser madre e hija. Al otro lado, en la hilera de olivos
centenarios, viene a posarse una pareja de cuervos. Algún día habrá que
cantar a estos olivos sequedanos de Cuevas y Valderrey. Y aún quedan los de
Matanza, junto al campanario que el último resol de la atardecida ha dejado
en altivo contraluz,
fiel lejanía
de errantes campanas.
LUTI LECTIO - (LECTURA DEL BARRO)
Has sacudido la tierra, la has hendido;
sana sus grietas, pues se desmorona.
De Valderrey a Bustos, el terreno es recio donde los haya. La
carretera se alarga por la llanada en ligero declive, dejando a la izquierda
un otero y al otro lado lomazos sin vegetación. Lo que alcanza la vista es
tierra sin un árbol, sin una mata, labrantíos que estos últimos años han
vuelto a sembrar los labradores que vienen de otros pueblos. Tractoristas más
bien, porque hoy labradores viejos, de aquellos de Lope y Calderón, ya no
quedan. Hacia el sur, el horizonte lo cierra el monte de encinas que guarda
como una joya la ermita de Castrotierra. Por el Fuyuelo, planea el aguilucho
indeciso entre Bustos y Valderrey. Al final tira para el norte, que es a donde
hay que volar en caso de duda. Bustos viene a quedar en medio del llano. En
Bustos no se ve más vida que la de tres o cuatro viejos sentados en un poyo y
alguna mujerina que va deprisa, al arrimo de las casas. Pero aquí mantienen
el ansia de saber y han convertido las antiguas escuelas en centro social y
casa de cultura. Bien se ve que donde faltan niños todo queda para los
mayores. En Bustos, las casas tenía en tiempos los techos de paja y los
vecinos se dedicaban a cardar lanas, para el pueblo y para la contorna. De
algo había que vivir. Ahora ya no se vive más que del subsidio. A la salida
hay mucho puente para poco agua. Está el puente de la carretera, con sus
barandas amarillas, un puentecido de losas junto a la charca y otro de madera
sobre el arroyuelo seco, pozales que se llenan de agua cuando arrecia la nube
por las laderas. Por el encinar vuelan los cuervos de cota en cota, cada una
con su nombre, mejor o peor puesto, el Monte, Altar Mayor, Tesos del Urceo, el
Pomaral, Cotejón, Conforco, Sama Mayor, la Matona, el Cimbre, Teso Grande,
Teso Redondo, Arca de la Peña. Pero alto ahí, que entre el Cotejón y Sama
Mayor uno se mete en Maragatería y ése e otro cantar. Camino de Tejados, el
caminante se siente apartado del mundo entre tesos de sardones y vaguadas de
tierra parda y hierbajos que el viento doblega con mal cariz. Eriazos y baldíos
que nadie siembra. Pedregales, oteros y recuestos batidos por el viento que
amenaza lluvia. Y, muy de cuando en cuando, alguna arada reciente entre las
carrascas. Cerca del cementerio, vuela con abaniqueo desmañado la pega. Para
el otro lado, aún andan vendimiando las últimas cepas una pareja de viejos.
Tarde no es que sea, aunque pronto tampoco. Los hay que ya tienen el vinillo
bien encaminado. Pero cada uno hace las cosas cuando quiere, o cuando puede, y
seguramente quedan bien hechas. Y si el vino sale bueno, nadie va a preguntar
si se vendimió a tiempo o a destiempo. A la entrada de Tejados se puede tirar
a la izquierda, y uno acabará en Robledino, o a la derecha, y aún seguirá
en la Sequeda. Cada cual es muy dueño de elegir el rumbo, que para eso se
hicieron las encrucijadas. Ahora, hay que atenerse a las consecuencias del
camino emprendido. En Tejados hay casas viejas y alguna nueva, bien y mal
restauradas. Eso, como pasa con todo, cada uno lo hace como Dios le da a
entender. Lo que pasa es que algunos lo entienden a su manera. En Matanza, un
ejemplo, Pedro, que vino de La Bañeza, está rehabilitando con buen criterio
un caserón antiguo de piedra mientras a otros les da por el bloque y el
ladrillo. También hay quien pone un cartel en inglés, sí señor, inglés en
la Sequeda, que dice sobre poco más o menos My home is my castle. Por
refugio que no quede, hombre, y el que no quiera que no lea. ¿Estamos? Pues
eso. En Tejados, hay una arquitectura muy suya. En Tejados, las casas suelen
tener la planta baja de piedra y la alta de tapial. Una arcilla de rojo
encendido da color a lo más viejo, casas labradoras con sus portones azules o
verdes al patio, su pozo y su corredor de madera al mediodía. Lo que llama la
atención en Tejados es el horno exterior que no se ve en otros pueblos de la
Sequeda y sí en las tierras altas de Maragatería. En Tejados hay unos pocos
vecinos reunidos en el cruce. Igual están pidiendo que el invierno tarde en
llegar y venga llevadero. Quién sabe. No es un día oscuro de otoño el mejor
momento para andar estos caminos. Aunque no lo parezca, Tejados, que empieza a
recibir las primeras gotas del aguacero, fue lugar de mucho tránsito. Por aquí
iban y venían los maragatos al encuentro del mundo, y bajaban los gallegos a
segar los pagos y heredades de Castilla cuando pagos y heredades eran
sembrados a mano y segados a hoz, cuando a trigales y centenales se les decía,
llanamente, el pan, y se hablaba de segar el pan, está granado el
pan o está el pan en la era, cuando el pan era cosa santa. Eran,
claro, otros tiempos.
AQUARUM PSALMODIA - (SALMODIA DEL AGUA)
Riegas sus surcos, allanas su glebas,
con lluvias la ablandas, bendices sus renuevos.
A medio kilómetro de Tejados queda
Tejadinos, hoy despoblado.
El grande es Tejados y el pequeño Tejadinos, es lo suyo, ¿no? Antes nadie se
veía discriminado por el nombre, no es como ahora. La carretera asciende
entre el carrascal de Vayeyofierro y los tesos de Trigales, hoy sólo viñas
recién vendimiadas. En una, pace un rebaño de ovejas blancas, copos de lana
soplados por el viento. Acaba de caer un chaparrón y la atmósfera ha quedado
transparente. De vez en cuando viene un olor agreste a jara y a tomillo que
aroma el aire aún tibio de octubre. De vez en cuando se ve alguna finca
acotada con señales blancas. Esos quiere decir que el rebaño no puede pastar
ahí. Un cartel en la cuneta reivindica ESTO ES PENILLAS. Apenas cuatro casas
ruinosas y abandonadas, sólo queda un vecino, que reclaman a toda costa su
identidad. Del otro lado, el cartel avisa, ESTÁ Vd. EN PENILLAS. Por si queda
alguna duda. El cartel pintado a mano es un grito contra el olvido de la
Administración. Penillas no es Curillas, a cada uno lo suyo. El caminante no
sabe si es Penilla o Penillas. Los papeles dicen una cosa, los carteles otra.
El caminante como fiar se fía más de los carteles pintados por los vecinos,
eso que quede bien claro. De Penillas a Curillas hay doscientos pasos mal
contados, pero Penillas no quiere ser barrio de Curillas. En Penillas hay una
calle, la única, que se llama San Jurjo. Se ve que a quien quiere recordar es
al general Sanjurjo, pero de esa forma lo hace santo y sanseacabó. Para que
nadie piense mal. En Penillas hay una chopa de buen porte al lado de una casa
de piedra y una fuente que no desmerece en el paisaje. Además hay un cartel,
también a mano, que señala al cementerio nuevo y a Madrid. En Penillas los
cruces están indicados como tiene que ser, ojalá estuvieran así en todos
los sitios. Pero no todo el mundo es tan cuidadoso. En Curillas, el nombre daría
mucho que hablar y es mejor no andar en ello, hay dos viejos sentados en el
crucero de la plazuela. Hablan de algo muy importante y no hacen caso al que
va de un lado a otro con ganas de darle al palique. Pero lo que tiene que
hacer uno es no meterse donde no le llaman. Un poco más adelante hay una niña,
el único angelote de toda la Sequeda, y una mujer que debe de ser la abuela.
Y si no lo es, tampoco pasa nada. Dos hombres vienen por la carretera con sus
perros y le dicen al caminante que Curillas tiene cincuenta vecinos.
- Entonces, aún se mantiene.
- Pero, no hace muchos años, era de cuatrocientos.
La calle principal de Curillas tiene un letrero que pone Calle
José Antonio. También hay otra, junto a la iglesia, que se llama Calle Jardín,
y otra más que es la Calle Ermita. En Curillas, las casas tienen aldabones de
lo más artístico. Uno es un lagarto con la cola retorcida. Para andarse con
cuidado antes de picar a la puerta. Curillas es pueblo que aún conserva buena
traza, con sus casas de piedra, sus patios y sus galerías.
- Mal rato tiene, eh.
- Malo, sí.
- Le va a coger el agua.
- Igual es una nube.
- No sé. Pica el aire de ahí, del lado del manantial.
- Y aún se va a poner peor, sabe, porque ha cerrado mucho y
había mucha niebla.
- Es que además es el aire de esa parte, el aire del sur.
- Habrá que tirar para Astorga.
- Pues hala, no te demores que se va a poner peor.
Por detrás de Curillas, a un paso, aún queda el despoblado
de Monfrontino, entre la Cuesta y el arroyo de la Pranzuela. A Monfrontino ya
se le fue la pascua hace mucho, y a los demás, como esto siga así, no
tardando. La Sequeda, en total, no debe de llegar a cien vecinos. La Sequeda
siempre fue tierra pobre y humilde, a desmano de casi todo. Quién iba a venir
aquí, y a qué. Ellos siempre se han sentido próximos a Astorga, la buscaban
por todos los caminos, hay uno que se llamó camino de los sequedanos y pasaba
cerca del castro Encarnado, pero la ciudad, que bien ha reconocido a otros
hijos como madre, fue madrastra displicente con esta tierra. Muchos astorganos
ni siquiera han oído el nombre de sus pueblos. Qué se le va a hacer. Camino
de Astorga, con el agua a la espalda, el caminante va pensando que el día que
desaparezcan estos viejos se habrá acabado la sabiduría del mundo.
Más adelante, la carretera, recién asfaltada, se encabrita y
retuerce cuesta arriba y cuesta abajo, y en menos de lo que canta un gallo está
uno en el barrio de de Abajo de Santiagomillas. Pero, ojo, esto ya no es
Sequeda sino Maragatería. Aquí el turismo rural le da otro aire. Caballos de
monta, motocicletas, todoterrenos, gente con ganas de sentir la naturaleza los
fines de semana. Frente al Prado Maciel, al otro lado de la carretera, pasta
un rebaño de ovejas con sus mastines de paso indolente y su pastor filósofo,
la quijada apoyada en el bastón, quieto como una estatua frente al paisaje
eterno. Un poco más allá levanta el vuelo un águila de alarmante
envergadura. Hacia Morales del Arcediano, el caminante lleva a la vista los
tejados de Astorga, cada vez más borrosos por la lluvia.
Andrés Martínez Oria.
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