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Después de transitar 35 km avistamos
Dogubeyazit, ciudad situada a los pies del majestuoso
monte Ararat (5.137 m) donde la leyenda ubica los restos del
Arca de Noé. Unas fuertes diarreas impiden nuestro avance y nos
obligan a guardar cama durante unos días, lo que aprovechamos
para visitar la fortaleza de Ishak Pasa, emplazada a tan
solo 5 km del centro de la ciudad y que constituye uno de los
monumentos más notables del Kurdistán. Cuando finalmente
nos sentimos con fuerzas para reemprender el viaje topamos con
el que sin duda constituye el principal obstáculo que hemos
debido de afrontar a lo largo del viaje: la presencia de grupos
de mastines que nos acosan de manera continua a pie de carretera
y ante los cuales las piedras y los bastones se muestran
impotentes. Después de diversos amagos y escaramuzas renunciamos
a proseguir una lucha desigual y optamos por cargar las
bicicletas en un dolmus y resolver de esta manera la única etapa
que no hemos podido completar por nuestros propios medios, si
bien no podemos evitar un sentimiento de impotencia y
frustración. Tratando de superar el temor a nuevos ataques
caninos nos disponemos a bordear el mayor lago de Turquía, el
lago Van, por su orilla derecha no sin ciertas reticencias
ya que la prensa local informa que el independentista Partido de
los trabajadores del Kurdistán (PKK), tan activo durante la
pasada década, acaba de anunciar el fin de la tregua vigente.
De repente distinguimos en la
lejanía un extraño vehículo que de forma lenta pero decidida se
aproxima hacia nosotros. Cuál es nuestra sorpresa al descubrir
que se trata de un aparatoso tándem conducido por una pareja de
holandeses, Jeroen y Elske, que cubren el trayecto Holanda-Nueva
Zelanda. Unos meses más tarde recibiremos un mensaje donde nos
explican que no pudieron completar la ruta debido a la rotura
del cuadro del tándem en medio de Irán, que donaron su bicicleta
a un orfelinato y que continuaron su viaje en transporte
público.
Así durante tres días recorremos los
160 km existentes entre las poblaciones de Muradiye y
Tatvan transitando la orilla occidental del lago Van con la
única incidencia de algún que otro aguacero propios de la
estación. Al llegar a Tatvan el portaequipajes se quiebra de
nuevo y nos obliga a buscar a un soldador dispuesto a resolver
el problema: resulta increíble la habilidad que muestra este
profesional, que integrará la cerradura de una puerta rescatada
de un desguace en la estructura de la bicicleta mediante una
ingeniosa reparación.
Llegados a este punto tomamos la
ruta sur que discurre entre las poblaciones de Bitlis y
Batman y que cruza el río Tigris. Nos sorprenden los
numerosos campos de algodón que atraviesa la carretera y que
constituyen, junto con el petróleo, el principal motor económico
de la región. Nos encontramos apenas a un centenar de kilómetros
de la frontera iraquí lo que explica el incremento de controles
militares.
Más adelante se halla la preciosa
ciudad de Diyarbakir rodeada por murallas de basalto que
le confieren un aspecto irreal. Asimismo este emplazamiento
constituye el principal foco de la resistencia kurda y en
consecuencia es aquí donde más se acentúa la presión militar. En
el momento de realizar la entrada a Diyarbakir observo que la
rueda delantera empieza a desplazarse lateralmente y a rozar
levemente con las pastillas de freno. Un examen más detallado
denota la rotura del buje y es en este momento cuando empiezo a
temer por la continuidad del viaje. Afortunadamente no faltan
manos expertas que solucionen el problema: un mecánico repara de
una manera poco ortodoxa pero eficaz el buje y el sistema de
cierre de la rueda lo que nos permite proseguir el viaje.
Ilusionados nos dirigimos a los pies
del Nemrut Dagi. La carretera, después de un pronunciado
descenso, queda interrumpida al borde del embalse de Atatürk.
Un trasbordador nos conduce a la orilla opuesta desde donde
emprendemos el dramático ascenso a la cumbre del Nemrut Dagi,
una cima artificial situada a 2.150 m de altitud donde la
leyenda sitúa la tumba del rey Antíoco I. Sobre este recinto
funerario se hallan esparcidas las cabezas de colosales estatuas
de dioses que cuentan con más de 2.000 años de antigüedad y que
han sucumbido a los terremotos que con cierta frecuencia azotan
la región. Resulta una etapa agotadora ya que la pendiente se
acentúa a medida que nos aproximamos a la cima, llegando al
extremo de tenernos que bajar de la bicicleta y arrastrarla
durante varios centenares de metros. La recompensa que nos
aguarda bien vale el esfuerzo, las vistas son insuperables y la
sensación de haber penetrado en un espacio sagrado nos acompaña
durante toda la visita mientras sentimos la mirada acusadora de
los dioses que custodian el recinto.
Proseguimos nuestro viaje por el
Kurdistán turco sufriendo las impertinencias de los camioneros
que parecen divertirse echándonos a la cuneta en reiteradas
ocasiones, compartiendo la carretera con numerosos autocares
iraníes que se desplazan a la vecina Damasco a venerar la tumba
de Saida Zeinab, nieta del profeta y punto de referencia para la
comunidad chiita, mayoritaria en Irán. El paisaje, una vez
superadas las montañas adyacentes al lago Van, se torna algo
monótono, alternándose campos de algodón, torres eléctricas
coronadas por nidos de cigüeñas y alguna que otra población
cuyos habitantes visten invariablemente chaleco oscuro y
pantalones abombados mientras se desplazan a los campos
colindantes en carro o tractor.
El último núcleo importante es
Gazi Antep. Nos perdemos entre sus avenidas buscando la
carretera que conduce a Killis, pequeña población
distante tan solo 11 km de la frontera siria. La señalización es
escasa y precaria, tal vez reflejo del estado en que se
encuentran las relaciones entre los dos países, enturbiadas por
diversos contenciosos. En un momento dado consultamos en un
cibercafé el correo electrónico, encontrándonos con una
monumental sorpresa: el día anterior, la madrugada del 4 de
octubre, la aviación israelí ha bombardeado un presunto campo de
entrenamiento de terroristas a tan sólo 20 km de Damasco. La
noticia nos deja helados, asaltándonos todo tipo de dudas sobre
la conveniencia de continuar con nuestro viaje y adentrarnos en
territorio sirio. Finalmente optamos por mantener nuestra idea
inicial confiando en no vernos involucrados en ningún incidente
armado.
SIRIA
Al día siguiente entramos en Siria a
través de una frontera secundaria un tanto caótica transitada
básicamente por autocares iraníes. Los trámites son lentos y
sólo nuestra condición de turistas occidentales parece
otorgarnos una cierta ventaja.
Nuestros temores de encontrar un
ambiente enrarecido se disipan de inmediato: No apreciamos
gestos hostiles por parte de la población ni observamos una
fuerte presencia militar, sino todo lo contrario: la población
se muestra tan abierta y amistosa como en el resto de países
recorridos y la presencia militar es prácticamente nula.
Recorremos los 56 km que nos separan de Alepo por una
carretera plana transitada mayoritariamente por furgonetas de
transporte colectivo y algún que otro camión cargado de algodón.
Con resignación constatamos como a pesar de hallarnos en el mes
de octubre las temperaturas continúan altas, desvaneciéndose
nuestras esperanzas de que el cambio de país viniese acompañado
con un descenso de las mismas.
En Alepo dedicamos algunos días a
visitar los tesoros artísticos que alberga la ciudad y sus
alrededores entre los cuales destacan la Basílica de San
Simeón así como diversos yacimientos arqueológicos agrupados
en las denominadas ciudades muertas.
Proseguimos nuestro periplo en
dirección a Hama siguiendo la autovía que comunica Alepo
con Damasco y que las autoridades clasifican de forma
pretenciosa como autopista. A media etapa nos desviamos 3 km de
la carretera principal para visitar Ebla, una de las
ciudades muertas de más renombre donde se descubrió el primer
alfabeto de la historia de la humanidad. Al abandonar el
yacimiento y poco antes de incorporarnos a la vía principal
vuelvo a romper, por tercera vez, mi portaequipajes, y esta vez
sospecho que la estructura, muy castigada por las soldaduras
anteriores, difícilmente admitirá una nueva reparación. Con un
gesto de impotencia fijo el portaequipajes con dos bridas y
extremando las precauciones conseguimos llegar hasta la ciudad
de Hama.
En Hama intento una soldadura de
emergencia que fracasa estrepitosamente. Ante la perspectiva de
tener que abandonar el viaje decido arriesgarme y aceptar una
solución desesperada: un voluntarioso profesor de inglés con
vocación de mecánico improvisa un sistema de anclaje con piezas
fabricadas por él mismo que, quien me lo iba a decir, nos
permitirá completar nuestro viaje sin sufrir un nuevo percance.
Animados por el éxito de la
reparación nos dirigimos hacia Krak de los Caballeros,
una imponente fortaleza medieval del tiempo de las Cruzadas.
Transitamos una larga etapa con constantes desniveles que
discurre por una zona de influencia cristiana; así a lo largo
del camino se suceden capillas e iglesias de confesión ortodoxa
que contrastan con la simbología musulmana predominante en
Siria.
Después de una visita obligada a la
fortaleza pedaleamos hacia la ciudad de Homs circulando
por la autopista que conecta Damasco con la costa mediterránea,
un total de 55 km. Desde Homs aprovechamos para desplazarnos a
Palmira en autobús. El desplazamiento en bicicleta es
desaconsejable ya que el agua es escasa y las sombras
inexistentes. El paisaje ha cambiado radicalmente, la carretera
se adentra en el desierto camino hacia Irak; no se trata de un
desierto con dunas de arena fina, más bien es una extensión
árida de montañas erosionadas por el paso del tiempo.
Casualmente nuestra visita coincide
con los preparativos de la visita oficial que realizarán en dos
días el presidente Al-Assad conjuntamente con los reyes de
España. No deja de resultar divertido como por arte de magia se
da una apresurada mano de pintura al museo local, se repasa el
asfalto de las calles, se reparan las farolas rotas y se mejoran
las instalaciones turísticas; me pregunto si en mi país se
reproduce la misma situación cada vez que un jefe de estado
realiza una visita oficial.
Después de degustar un sabroso
mansaf, un guisado propio del desierto a base de arroz,
cordero y frutos secos, emprendemos el regreso a Homs. Aquí se
nos plantea un dilema: o bien seguir la autovía hacia Damasco en
línea recta recorriendo los escasos 160 km que restan hasta
nuestro objetivo en un par de etapas que se presumen fáciles, o
bien arriesgarnos dado el estado en que se encuentra mi
bicicleta y realizar un rodeo extra a través del Líbano. La
tentación de prolongar nuestra pequeña aventura tres días más se
impone a lo que dicta la prudencia y el sentido común, de forma
que nos encaminamos hacia la frontera libanesa.
LIBANO
En los márgenes de las carreteras
que atraviesan las principales poblaciones del valle de Bekaa,
ya en el Líbano, apreciamos abundante maquinaria de guerra. Por
el camino debemos sortear algunos controles militares.
Seguramente lo que más nos llama la atención son las filas
inacabables de retratos colocados a ambos lados de las
carreteras, situados sobretodo en las entradas de los pueblos,
con imágenes de militantes de Hezbollah caídos en combate contra
Israel.
Finalmente, después de cincuenta
kilómetros discurridos por una carretera de trazado irregular,
alcanzamos Baalbek. En esta discreta población se
encuentra el templo romano mejor conservado en la actualidad, el
majestuoso templo de Júpiter, que bien merece una visita
y que constituye además el punto de partida hacia el que es sin
duda el principal reclamo turístico del país: el bosque de
cedros.
Las crónicas antiguas aseguran que
hubo un tiempo en que la práctica totalidad del país se hallaba
cubierta de bosques de cedros. Su explotación desde tiempos
inmemoriales (la Biblia ya asegura que el Arca de Noé se
construyó con madera de cedro libanés) ha mermado la población
hasta reducirla a la mínima expresión, apenas 150 ejemplares que
se agrupan en un pequeño bosque, aunque con justicia deberíamos
hablar más bien de un jardín. Partiendo de Baalbek hay que
transitar una escarpada carretera que de manera precipitada
abandona la cota de 1.000 m en que se halla esta población para
alcanzar en pocos kilómetros un puerto de montaña de 2.500 m,
emplazado en la cordillera que separa el altiplano libanés de
las tierras mediterráneas. En la vertiente opuesta un marcado
descenso conduce a Trípoli tras atravesar el bosque de
cedros, que se encuentra a unos 60 km de Baalbek. Durante el
breve paseo por el bosque nos embarga un sentimiento de tristeza
al contemplar la dignidad con que languidecen los que
probablemente sean los últimos ejemplares de cedro libanés, a
pesar de las medidas conservacionistas de que son objeto.
LLEGADA A DAMASCO
Seguidamente nos
disponemos a recorrer los últimos kilómetros de nuestro viaje
dirigiéndonos a Damasco. A medida que nos aproximamos a
la capital aumenta el tráfico, la carretera da lugar a grandes
avenidas y éstas a su vez se dividen en calles. Aparecen los
primeros semáforos, la densidad de vehículos va en aumento, la
atmósfera es más cargada y en definitiva la presión propia de
una capital nos rodea y engulle. Ciertamente hemos cubierto la
ruta prevista pero nos embarga un sentimiento contradictorio: la
alegría de haber culminado nuestro proyecto y una inmensa
gratitud hacia la providencia mezcladas con una creciente
nostalgia por los momentos vividos que ya nos parecen lejanos.
autor: Francesc Sabater
publicado originalmente en viatgeaddictes,com

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