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Nicosia es la única capital
dividida de Europa. Su corazón es una ciudadela veneciana
del siglo XVI con forma de estrella de 11 puntas. En sólo
unos pasos, el viajero puede cruzar, a través del puesto de
control de la ONU en el hotel Ledra Palace, a las afueras de
la ciudad, la pretendida fractura que separa a Occidente de
Oriente: de la zona griega, al sur, a la zona turca, al
norte. Sobrecogedoras son las calles vacías que quedaron en
la tierra de nadie. La peatonal y antaño concurrida calle
Ledra, arteria comercial, continúa seccionada por dos muros
consecutivos. |
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El pasado marzo, una excavadora de
la zona sur derribó uno de ellos. Fue un gesto propagandístico
más que otra cosa: una valla fue instalada en su lugar, y ahí
sigue.
Pese a que los muros (físicos y
mentales) permanecen, Nicosia es una ciudad acogedora. Desde la
zona turca, la llamada del almuédano marca las horas y llega a
buena parte de la ciudad desde los minaretes de la mezquita de
Selima (edificada sobre una catedral gótica del siglo XIII,
Santa Sofía, que imita a Notre Dame de París). Cerca de este
templo se halla el Büyük Han (Gran Posada), un caravasar otomano
del siglo XVI, restaurado, donde comprar artesanía y tomar un
buen café turco. También merece la pena pasear por el Belediye
Ekpazari, mercado rebosante de delicias chipriotas y turcas... y
de alguna que otra sanguinolenta cabeza de vaca.
El sur de Nicosia es más bullicioso
y moderno: abundan las franquicias de cualquier capital europea.
Por eso conviene no salir del centro histórico, delimitado por
la imponente muralla. En él aguardan las callejuelas del Laikí
Yitoniá (Barrio Popular) y los murales de la diminuta catedral
bizantina de San Juan Teólogo, del siglo XVII. A pocos metros, y
un siglo más antiguo, se encuentra el palacete-museo del
dragomán Kornesios, mediador entre griegos y turcos. Si es
temporada, no dude en coger algún higo de la hermosa higuera del
patio, y si se ha quedado con ganas de lujos otomanos, visite el
restaurado hammam municipal de Nicosia o cene en el
patio de Octana, un café librería ubicado en el interior de otro
palacete.
2 San Hilarión y la coqueta Kyrenia
En coche alquilado (ojo, con el
volante a la derecha), hay que cruzar, al este de Nicosia, el
puesto de control de Agios Dometios. Desde allí, la primera
parada de la excursión al norte de la isla debe ser el baluarte
de San Hilarión, un castillo del siglo XIII encaramado a un
risco de la cordillera del Pentadáctilo desde el que en días
claros se ve casi toda la isla. A una veintena de kilómetros más
al norte, bajando las faldas montañosas hacia el mar, se llega a
la ciudad de Kyrenia (Girne en turco), cuyo puerto fue
construido por los romanos. El Museo del Naufragio, en el
castillo, muestra un pecio hundido hace más de 2.000 años, en la
época de Alejandro Magno. En los muelles de este fondeadero
idílico abundan los restaurantes y tabernas.
3 Con Durrell en Bellapais
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De vuelta a la falda de las
montañas, entre naranjos y limoneros, se impone una visita
al pueblo de Bellapais. Desde las ruinas ajardinadas de su
abadía gótica fundada por los agustinos (siglos XII-XIII)
se contempla un mar de un azul irreal.
En los años cincuenta del
siglo XX vivió aquí el escritor Lawrence Durrell, quien
narró sus vivencias en el libro Limones amargos de
Chipre. En Bellapais vive todavía el llamado Árbol de
la Ociosidad, a cuya sombra los vecinos del pueblo veían
pasar la vida tomando café y ouzo.
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Camino de la costa oriental conviene
desviarse en el monasterio de San Bernabé, junto al cual, en las
catacumbas de una pequeña iglesia cercana, se venera el supuesto
enterramiento de este chipriota que predicó junto a san Pablo.
Otro de los grandes, san Marcos, fue quien, según la
leyenda, enterró aquí a Bernabé. Sorprende lo humilde que es el
sepulcro. Fresco, umbrío: rodeado de iconos, cirios y silencio.
Uno mismo debe accionar el interruptor de la luz (poca) para ver
algo. ¡No se olvide de apagarlo al salir!
5 Exuberante Salamina
Para arqueología de primera
división, las ruinas de la ciudad de Salamina (no confundir con
la Salamina del Egeo, la de la famosa batalla entre griegos y
persas). Esta villa fue capital de la isla durante mil años.
Situada junto al mar, aquí se han hallado restos prehistóricos,
fenicios, asirios, persas... pero la mayoría de lo que sigue en
pie tiene dos milenios de antigüedad y pertenece a la época del
emperador romano Augusto. Una palestra (donde entrenaban los
atletas) con su columnata, un teatro para 15.000 almas, un
anfiteatro, baños, acueducto, piscinas... En Salamina, además,
se conserva parte de un templo consagrado a Zeus y ruinas de una
basílica bizantina en la que está enterrado san Epifanio, el
azote de los herejes. A un tiro de piedra, por cierto, está la
playa. Una de las mejores, por poco frecuentada, de todo Chipre.
6 La casa de Otelo
Por carretera en dirección sur, con
el mar a nuestra izquierda, tardaremos pocos minutos en llegar a
la fortificada Famagusta, el famoso "puerto de Chipre" donde
Shakespeare ambientó su Otelo. Aquí se puede visitar el
castillo en cuya torre el celoso moro de Venecia dio muerte a
Desdémona. Como en Nicosia, la mezquita principal se asienta
sobre los restos de una espléndida catedral gótica, esta vez
inspirada en la de Reims. La cantidad de ruinas góticas
sembradas entre las calles es tal que todo tiene un aire de
Mad Max medieval. Gran parte de los destrozos provienen de
la guerra de los años setenta.
7 Discotecas y milagros
Por el puesto de control de Dhekelia-Pergamos
cruzamos de nuevo a la zona griega. En este extremo de la isla
encontramos, bajo unos imponentes acantilados, las calas de Cabo
Greco, ideales para los amantes del submarinismo. Aquí se hallan
las localidades de Protarás y Ayia Napa, llenas de discotecas.
La ruta de escape más aconsejable se halla en dirección a la
gran ciudad marítima de Lárnaca. Es sabido que Jesús le dijo al
difunto Lázaro aquello de "levántate y anda". Pues bien, cuando
Lázaro murió por segunda vez (y ya no volvió a andar) fue
enterrado aquí. Sobre su tumba se erige una bellísima iglesia
bizantina del siglo X. En Lárnaca (antigua Citio) nació además
el filósofo estoico Zenón.
A las afueras, pasando el
aeropuerto, se encuentra el santuario musulmán conocido como
Hala Sultán Tekke. En este complejo religioso levantado en mitad
de un palmeral se supone que está enterrada una tía de Mahoma y
que es el cuarto lugar en importancia para los musulmanes, sólo
por detrás de La Meca, Medina y Jerusalén. Cuentan que de La
Meca llegó volando una piedra que se mantiene suspendida en el
aire. Pero no está permitido verla. Claro.
8 Lefkara y
Kourion
Al oeste, por la autopista, el
magnífico monasterio de Stavrovouni nos vigila desde su atalaya.
En su interior se guardan restos de la Vera Cruz. Por un desvío,
hacia las montañas, se halla Lefkara, un pueblo de piedra donde
las damas venecianas se retiraban a descansar y a bordar. Así
enseñaron a las lugareñas, y ahora sus encajes tienen reputación
mundial (son un buen souvenir, ¡y no pesan!). De vuelta
a la autopista llegamos a la urbe de Limasol (de infausta
memoria para el fútbol español). Posee un castillo y cientos de
hoteles, restaurantes y discotecas. De noche, en la playa, una
clientela multinacional se da cita en el Breeze, uno de los
clubes nocturnos más famosos del Mediterráneo oriental. Cerca de
Limasol encontramos las ruinas de la ciudad de Kourion. Su
teatro, restaurado en tiempos romanos, es el único de origen
griego en el que las gradas miran al mar. Aquí hay restos de un
santuario consagrado a Apolo, de un palacio de más de 30
habitaciones, termas, mosaicos, una basílica...
9 De Pafos a Akamas
Rumbo al oeste dejamos a nuestra
izquierda las formaciones rocosas de Petra tou Romiou, donde,
según el mito, nació Afrodita de la espuma del mar (afros
significa espuma en griego). Todavía hoy peregrinan a esta bella
playa las mujeres que desean quedar encintas. Al norte se halla
la ciudad de Pafos, cuyos restos arqueológicos abarcan dos
milenios y son patrimonio de la humanidad. Lo mejor: las tumbas
de los reyes, una necrópolis subterránea grecorromana con
influencias egipcias, y la colección de mosaicos. Ya sólo por
ver el dedicado "a los primeros bebedores de vino" (uno de ellos
a cuatro patas) merece la pena venir. En el extremo
noroccidental de la isla se halla la península de Akamas,
auténtico santuario natural, con playas salvajes y los famosos
baños de Afrodita, un manantial que se remansa entre higueras en
el que, según la leyenda, la erótica diosa retozaba con Adonis.
10 Las cumbres de Troodos
En esta cordillera se halla el
monasterio de Kykkos, descomunal, sobrevalorado y restaurado con
un punto kitsch. Alberga, eso sí, un precioso icono de
la Virgen que, se dice, pintó san Lucas. Pero Troodos esconde 10
pequeñas iglesias, diseminadas y aisladas entre los bosques, que
han sido declaradas patrimonio de la humanidad. Por fuera son
humildes: de piedra, sin campanario, con tejados a dos aguas...
pero en su interior contienen frescos de una belleza y ternura
irrepetibles. No se pierda los de la Virgen de Asinou, no muy
lejos del camino de vuelta a Nicosia.
Autor:
ANTONIO FRAGUAS GARRIDO
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